La Super Bowl desde Miami

Si mis conocimientos de “soccer”(fútbol europeo) son limitados habiendo nacido en el país de Messi y vivido en la ciudad del equipo de Ronaldo, quiero decirles que mi  sabiduría sobre “american football” es completamente nula, sin embargo ayer he pasado una noche estupenda mirando la Super Bowl.

Una tarde de domingo en Miami es sinónimo de “pool party”. La gente se despierta relativamente tarde para desayunar y engancha directamente con el almuerzo. Lo que comúnmente se conoce como “brunch”. Luego, la fiesta continúa en la piscina hasta el atardecer. No obstante, las piscinas se vaciaron más temprano ayer y la gente se ubicó alrededor de los televisores para ver el evento más visto de los Estados Unidos.

A las seis de la tarde salí del Nautilus Hotel donde se celebraba la fiesta y me junté con mis amigos en la sala de bolos del hotel Edition de Miami Beach. El sitio estaba en el subsuelo del hotel, había una pantalla gigante y otros monitores más pequeños para ver el juego, cuatro pistas de bolos, y un par de mesas que enseguida se llenaron de comida y bebidas. Aunque nunca había jugado a los bolos, hice mi primer strike en mi tercera jugada. Pero fue el único, luego perdí.

Empezó el esperado juego de la NFL y comenzaron las tensiones en los rostros de mis amigos. Uno de ellos había apostado $5,000 en que ganaban los Patriots y otro, más conservador, se jugó $1,000 a favor de los Falcons. La primera mitad del juego fue bastante aburrida. Se veía una victoria abrumadora de Atlanta y una New England que no lograba remontar. La cara del chico que apostó los 5 “grands” parecía caerse a pedazos. Su adversario, por el otro lado, no paraba de reír.

Mientras a los demás solo les importaba el partido, yo estaba ansiosa por ver a Lady Gaga en el entretiempo. ¡Estuvo espectacular! Tal vez uno de sus “out-fits” estaba algo apretado, pero ella es increíble así que fue lo de menos. ¡Qué lindo show!

Para mi sorpresa, la segunda parte del juego resulto muy emocionante. Los Patriots se despertaron en el último cuarto y alcanzaron los 25 puntos que le separaban de los Falcons. Iban 28-3. Quedaron empatados. Huston y todo Estados Unidos no lo podía creer. Por primera vez en la Super Bowl recurrieron al tiempo extra. La suerte, una vez más, estuvo del lado de New England con la moneda, empezaron con la pelota y con un poco de esfuerzo se hicieron con la victoria.

Tom Brady, el quarterback de los Patriots, fue la estrella de la noche. ¿Se puede ser más perfecto? Un atleta fenomenal, guapo, alto y extioso en su carrera. ¡Qué afortunada es Gisele Bündchen! En fin, creo que le estoy tomando el gusto al famoso fútbol americano.

Tom Brady

New England Patriots’ Tom Brady raises the Vince Lombardi Trophy after defeating the Atlanta Falcons in overtime at the NFL Super Bowl 51 football game Sunday, Feb. 5, 2017, in Houston. The Patriots defeated the Falcons 34-28. (AP Photo/Darron Cummings)

 

 

 

 

El Rally Dakar ha pasado por Quitilipi

¡El Dakar pasó por Quitilipi! Si mi pueblo natal se emociona cuando una chica cumple quince años y la celebración es tema público una semana antes y una semana después, imaginaos el entusiasmo de los quitilipenses al enterarse que el famoso rally que se disputa desde 1978 iba a pasar por estas tierras. Mi padre me lo contó anoche súper emocionado. Su nueva casa está a orillas de la ruta nacional 16, exactamente por donde hoy han pasado las motos, los cuadriciclos, los coches, los UTVs y los camiones provenientes de Resistencia.

La segunda etapa de esta competición que empezó ayer, lunes 2 de enero, en Asunción del Paraguay, largó esta madrugada de la capital de la provincia del Chaco con destino a San Miguel de Tucumán. Los competidores tendrán que recorrer cerca de 800km para llegar al segundo destino. Cuando lleguen habrán sumado 1.600km entre las dos etapas y aún les quedarán otros diez tramos por delante, pasando por La Paz (Bolivia), hasta terminar en Buenos Aires el 14 de enero. ¡Es una carrera muy larga y extremadamente dura!

Mi despertador sonó a las 5:30 esta mañana. Me costó muchísimo despertarme. Estaba tan a gusto durmiendo con aire acondicionado en la oscuridad de mi habitación que deseaba quedarme allí todo el día. Les recuerdo que aquí, en verano, las temperaturas alcanzan fácilmente los 40ºC. Pero hice un esfuerzo y a las 6 ya estaba vestida para ir a correr. Cuando salí a la vereda, con el sol recién amanecido, me resultó extraño ver gente fuera. Usualmente la pequeña ciudad no se despierta hasta después de las 8. Luego entré en razón. Todos iban a la ruta a ver el Dakar.

Corrí los 30 minutos de siempre y me dirigí a la casa de mis padres a tomar mates. Al llegar vi como la gente se había acomodado a ambos lados de la ruta. La municipalidad construyó unas gradas justo en la entrada del pueblo. “¡Qué peligro!”, pensé por un momento pero todo estaba bajo control. Algunas personas llevaron sus propios sillones, otros estaban sentados en sus coches o en sus motocicletas. Había gente de pié e incluso unos trabajadores imparables que aprovecharon la ocasión para montar un asador y vender tortas a la parrilla. Mi padre levantó un toldo en la banquina para proteger a sus amigos del sol. Todos estaban muy emocionados. Aplaudían y echaban fotos hasta a los camiones que transportaban las cubiertas de repuesto. Es divertido como nos sorprenden las cosas diferentes.

No solo vimos pasar a las estrellas, también cruzaron frente a nosotros las familias de los pilotos, sus acompañantes, los técnicos, bomberos, policías, ambulancias y todas las personas que hacen posible el Dakar. Algunos de ellos respondían a los aplausos tocando el claxon y saludando. Otros iban más concentrados, quizás intentando no chocar a los que se se acercaban demasiado. Los espectadores que estaban frente a nosotros habían preparado carteles e inflado unos globos con mensajes de buena suerte. No paraban de hacerse selfies.

Desde el año 2009 el rally se lleva a cabo en Latinoamérica, teniendo a Buenos Aires como principal anfitriona. Anteriormente se realizaba en Europa y Africa, partiendo mayoritariamente desde París (Francia), hasta Dakar, la capital de Senegal. Pero luego de que la edición de 2008 se suspendiera por amenazas terroristas, más las denuncias por las muertes de civiles que se acercaban a ver la carrera y los movimientos sociales en contra de la celebración de la competición en los países africanos donde la gente vive en condiciones extremas de pobreza, los organizadores decidieron trasladar el evento anual a América Latina. Aquí la gente recibió el rally con mucho orgullo.

Yo vivía en Buenos Aires cuando empezó a celebrarse el Dakar en Argentina y en países limítrofes, pero ese primer año no fui a la Rural a ver el acto inaugural. No fue hasta el año siguiente, el 2010, durante la segunda edición del Dakar en Latinoamérica, que mis padres fueron a visitarme y me pidieron que los llevara a ver la largada en la 9 de Julio. Así lo hicimos. Todo el área del obelisco estaba llena de gente y de fanáticos de los motores. Fue muy difícil llegar a la primera línea para ver los vehículos desde cerca pero lo logramos. Mi mamá llevó consigo un cartel que decía Quitilipi-Chaco y mi papá se compró una bandera del rally. De hecho, hoy la buscaba para agitarla. ¡Cuánta adrenalina!

Después de unas horas me cansé de contar ruedas y regresé a casa, pero he de reconocer que la gente me contagió su alegría y se sintió una linda energía.

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Dakar Argentina

Welcome to Buenos Aires

El viernes a las 9.30am aterrizó mi avión en el aeropuerto de Ezeiza. “¡Qué calor!”, dije a lo alto apenas puse un pié fuera de la aeronave. Me había olvidado de las altas temperaturas a las que llega Buenos Aires en verano. El proceso de inmigración fue raramente rápido. Usualmente hay una cola larguísima. El problema empezó en la recogida de equipaje. Literalmente todos los pasajeros de mi vuelo estuvimos una hora y media esperando que salieran las piezas por la cinta. Por supuesto no esperaba que se respetara la prioridad de los billetes. Ni si quiera las maletas de la tripulación salieron primeras. El capitán estaba furioso.

Deseaba profundamente abandonar el aeropuerto pero aún debía pasar por SENASA (el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria). Argentina es el único país de los que he visitado que cobra por ingresar y sacar a una mascota del territorio. Y también es el único que no permite que los cachorros caminen por las instalaciones de la terminal. En Europa y en Estados Unidos los animales pasean felices con los pasajeros e incluso tienen áreas cerradas para que puedan correr libremente y hacer sus necesidades después del vuelo. Puedo entender que Buenos Aires no tenga el dinero para invertir en esa comodidad, pero una actitud amable y abierta con los cuadrúpedos no puede hacer tanto daño. “¡Por qué no se preocupan por los verdaderos problemas!”, suelo pensar. Poner obstáculos como éstos solo ahuyenta al turismo.

El remisero que me recomendó mi amiga no me esperó tanto tiempo y se marchó. Fue un verdadero contratiempo porque tenía una mañana planeada que no pudo ser. Al salir de la aduana tuve que buscar un taxi. Me llovieron ofertas: 900, 950, 850 y si seguía esperando los precios podrían haber seguido variando. Me molestaba saber que el remís me iba a cobrar 380 pesos argentinos y que los taxistas cobraban lo que les parecía. Otra imagen negativa para los que vienen a dejar dinero en nuestro país. Ya montada en el coche y llegando a Puerto Madero, otro taxi frenó al lado de nosotros en el semáforo. En el ventanilla trasera ponía “Fuera Uber”. ¡Qué gracioso! Yo pensaba que Uber no existía en Argentina y no lo utilicé. Tal vez con un poco de competencia como esa los taxistas se esforzarán en brindar un mejor servicio y respetarán más a los viajeros.

Lo mismo debería suceder con Aerolíneas Argentinas. Los que combinan vuelos internacionales con cabotajes sabrán lo incómodo que es cambiar de aeropuerto. Para llegar de Ezeiza a Aeroparque hay que atravesar la ciudad. Yo personalmente opto por quedarme un día en Buenos Aires antes de tomar el siguiente, aunque me lo estoy replanteando. No vendría mal un servicio de autobús – de la aerolínea o de Aeropuerto Argentina 2000 – que conectara ambos aeropuertos. Supongo que el mal servicio tiene que ver con el monopolio de la compañía. Aerolíneas es la única empresa que vuela a Chaco y a Corrientes (y a la mayoría de las provincias) y sus tarifas son altísimas comparadas con trayectos similares en otros países. Los kilos de equipaje permitidos por persona son 8 kilos menos que los 23 kilos que permiten la mayoría de las empresas aéreas (no las de bajo coste) y su personal de tierra parece estar forzado a trabajar porque derraman antipatía desde la facturación hasta el abordaje. Otra cosa: ¡LLevar a Matilda en cabina me costó casi lo mismo que un segundo pasaje! ¡Y ni si quiera ocupa otro asiento! Es más de lo que vale traerla de España o Miami. Una locura. No voy a decir nada de las galletitas y los dulces que te dan a bordo ¡Qué asco y encima poco saludable! Al final lo dije.

Lo último que les voy a contar es sobre las cafeterías. Como sabrán, con las medidas de seguridad de los aeropuertos no se puede ingresar al área de embarque con líquidos y beber es una de las acciones más naturales que hacen los viajeros. Los quioscos de los aeropuertos de Buenos Aires no venden agua porque las botellitas de 400cc son monopolio de la cafeterías. La cafetería Havanna las vende a 45 pesos (casi 3 dólares americanos), el 300% de su valor en quioscos. ¡Y no las podes comprar en otro sitio, ni siquiera en una maquina expendedora! En Aeroparque me senté a tomar un café en otro Havanna. Quería la tarta de calabacín del manú, pero a las 9 de la mañana ya se habían quedado sin ella. Tomé un sandwich tostado de jamón y queso en su lugar. Luego me apetecía un latte café en vaso de vidrio pero la desabrida camarera respondió que solo “venían en tazas”. Si los cafés no vienen preparados, me pregunto: ¿es tan difícil coger uno de los tantos vasos amontonados en la repisa y prepararlos o descargarlos en uno de vidrio? Tampoco le importó que le haya pedido media medida de café de lo que normalmente lleva. El latte vino oscurísimo como un café con leche normal. En mis años de Marketing aprendí que hay que escuchar y satisfacer lo que el cliente quiere para hacer que regrese. Eso aquí no existe. ¿Tendrá que ver con que las propinas están incluidas en el precio o no existen, o simplemente es la falta de opciones? Espero no volver a tener hambre en el aeropuerto. Lo único que puedo rescatar de bueno -hasta ahora- es que dentro del área de embarque no tengo que preocuparme de que me roben el bolso como en el Starbucks de Puerto Madero donde implementaron unos ganchos para evitar hurtos dentro del local ¡Qué estrés!

Deseo que el 2017 sea el año para mejorar. ¡Feliz 1.º de enero!

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Starbucks de Puerto Madero, Buenos Aires

Amanecer en Miami

Ver salir el sol detrás del océano Atlántico es una experiencia bellísima. ¡Qué afortunada soy de poder verlo cuando quiero! Me levanto cada mañana cuando aún es oscuro. Me visto rápido, paseo a Matilda, regreso a casa y salgo a correr antes que el cielo empiece a aclarar. Comienzo la carrera entre la 1st court y la 7th street -justo debajo del paso del tren-, continúo por la 7 hasta Brickell avenue, doblo en la 8, cruzo el puente hasta Brickell Key y doy dos vueltas a la pequeña isla. En el segundo giro es cuando usualmente ocurre la maravilla. El sol brillante, casi rojo, se asoma por el horizonte. Toda la bahía azul que separa a Miami de Miami Beach, con Fisher Island a lo lejos, se llena de amarillos y naranjas. Así amanece.

Esta mañana fue muy reflexiva. El regreso a casa desde la isla lo hice trotando automáticamente mientras mi mente se ocupaba de otras cosas. Iba tan concentrada en mis pensamientos que ni si quiera recuerdo la música que sonaba en mi iTunes. Empecé recordando Portugal, el estado más occidental de Europa. Cuando vivía en Sevilla, conduje hasta allí por primera vez. Un par de años más tarde, ya asentada en Madrid, volé a Lisboa. La capital no me impactó tanto como esperaba, pero la playa más próxima, Carcavelos, era preciosa. Ambos viajes tuvieron una cosa en común: había visto los atardeceres más bonitos de mi vida. El sol desaparecía detrás del Atlántico creando una amplia gama de rojos y violetas. Las aguas parecían llenarse de lavas de fuego. Y luego, la oscuridad de la noche absorbía el último rayo de luz. Hoy me resulta gracioso pensar que ese mismo sol que se escondía radiante es el mismo que aparece unas horas más tarde del otro lado del mar en las costas de Florida. El mismo que hoy alegra mis mañanas.

Mientras seguía corriendo en modo automático, el segundo pensamiento que me mantuvo ausente de la realidad fue el partido del Miami Heat de ayer. Mientras cruzaba por el nuevo Brickell City Center, me decía a mí misma que seguramente el amanecer de hoy no habrá sido tan placentero para los jugadores de los Heat como lo sido para mí -si es que ya se han despertado, claro-. Anoche perdieron contra los Oklahoma City Thunder por doce puntos (106-94) como continuidad de una temporada que no parece ser la suya. Yo había llegado al American Airlines arena justo antes de que empiece el partido. Tomé mi lugar y disfruté del show. Hacía mucho que no iba a un juego. La partida comenzó con la ventaja de los Thunder y los Heat no pudieron hacer nada para invertir la situación durante los cuatro cuartos. Cada vez que los rojiblancos parecían acercarse, los azules se las arreglaban para dejarlos atrás por al menos diez puntos. Iba con la ilusión de ver lo mejor de Hassan Whiteside pero creo que no fue la noche en la que el gigante de 2.13 metros hizo uso de sus habilidades. Russell Westbrook fue la estrella de la noche.

En fin, percibir la belleza del amanecer, por muy objetivo que parezca, tiene mucha carga subjetiva. Las vivencias de las personas y el pasado inmediato influyen muchísimo. Llegué a mi punto de partida 35 minutos después como de costumbre. Mi RunKeeper me indicó que corrí 3 millas. Estiré mis músculos a orillas del Miami River, me duché y acabé desayunando en Toasted Bagelery and Deli donde empecé a escribir este texto.

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Próximo capítulo: Miami

El tiempo de vuelo para llegar a Miami es de 1 hora y 45 minutos, unos 1.783 kilómetros de distancia. No pensaba en abrir mi ordenador para escribir durante el viaje, pero lo he hecho. La altitud actual es de 37.000 pies y Matilda está tranquila en su transportín. Usualmente la tengo dando guerra encima de mis piernas, interponiéndose entre mí y mi lectura o entre mí y la película del día.

Tengo a due ragazzi di Venezia viajando a mi lado. Pero, a pesar de poder escribir esas cuatro palabras en italiano, mi conocimiento de la lengua vecina es lo suficientemente escaso como para poder entablar una conversación fluida. Creo que son pareja y sé que van a Miami a visitar a una amiga. El que comparte el reposa brazo conmigo me hizo reír mucho -mentalmente- cuando reportó a la aeromoza que su telefonillo (un tuvo de teléfono que se encuentra en el reverso del mando de la pantalla) no funcionaba y no podía llamar a su familia en medio del Atlántico. El wifi de pago ya existe en algunos vuelos, pero de ahí a contar con un servicio telefónico gratuito a bordo, el tano tendrá que esperar un poco más.

Del otro lado del pasillo, van sentadas dos chicas. Aparentan entre 16 y 18 años. Su padre las vigila desde el asiento trasero. Una lleva unas gafas graciosas y los ojos cubiertos por una sombra oscurísima. Entre las penumbras de la cabina, puedo afirmar que su maquillaje a sobrevivido. Ha estas horas del vuelo, yo seguro lo tendría hecho un desastre. Las dos niñas son rubias y hablan un idioma que no identifico. Tal vez ruso. La que va sentada cerca de la ventanilla no lleva nada en los ojos, pero se ha hecho una linda trenza para las nueve horas de vuelo. Muy bien por ellas. Yo me fui a la cama tan tarde anoche, luego de empacar, y me desperté tan temprano para ir al aeropuerto esta mañana que a penas dormí un par de horas. Estaba muerta de cansancio. Solo recuerdo haberme cepillado los dientes antes de ponerme este conjunto deportivo que llevo. Suelto y cómodo. Nada más. Si me peiné, fue por inercia.

Sentada aquí, esperando a que sirvan la merienda -o el desayuno, ya no sé- sigo pensando en lo interesante que me resulta reflexionar sobre las numerosas historias que se entrecruzan en un aeroplano. Pensar que cada una de estas personas tiene un libro de vida tan distinto al resto pero que sin embrago hoy, a la misma hora, todos teníamos algo en común. Hacer este viaje. Antes de despegar, mientras esperaba que el resto de los pasajeros tomaran su asiento, veía desfilar por el pasillo a cada persona y me imaginaba una historia para cada una. Algunas van de vacaciones o a celebrar Navidad, otras vuelan por negocios, algunas regresan de su visita a Europa u otro sitio más lejano, están los que hacen escala en Miami pero siguen hacia otro destino y estamos lo que dejamos atrás un capítulo de nuestras vidas para comenzar uno nuevo.

No recuerdo dónde leí esta frase, pero me gusta mucho: “Piensa tu vida como capítulos y no como un libro terminado”. Mi primer capítulo lo viví desde que nací hasta que terminé la escuela secundaria en el pueblo donde aún viven mis padres y el resto de mi familia. De hecho, iré a pasar la noche vieja y la primer semana del 2017 con ellos. Buenos Aires fue el escenario del segundo capítulo de mi historia y cada vez que lo repaso, recuerdo mis días de jazz y ballet en los estudios de danza de la ciudad porteña. Luego crucé por primera vez el océano Atlántico y la línea del Ecuador con destino a España. El capitulo tercero lo escribí en Sevilla; el quinto, algo más corto, en Marbella; y el sexto, en Madrid. Luego de cuatro años en la capital de la península ibérica, con mi grado en periodismo terminado, he decidido redactar el capítulo siguiente en los Estados Unidos. Todo cambio acarrea consigo inseguridades, cosas que no se saben y otras que si. Sé, por ejemplo, que me voy de España justo cuando la situación económica parece estar mejorando: el paro se reduce, los bancos vuelven a dar créditos y se activa el consumo. No fue hace mucho que vi las primeras grúas volviendo a trabajar. Y también sé que me mudo a un país donde el presidente electo siembra muchas incertidumbres. No sé infinitas cosas, pero lo importante es saber que como autora de mi propia vida, siempre puedo empezar un nuevo capítulo.

Otra cosa, ¡Feliz Navidad!

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Quien es cruel con los animales no puede ser buena persona

¡Qué los cumplas feliz! ¡Qué los cumplas feliz! Qué los cumplas, Matildita… ¡qué los cumplas feliz! No podía dejar pasar este día, 12 de diciembre, sin mencionar el cumpleaños de mi inseparable compañera. Es verdad que pesa apenas 1.4kg., que está cubierta de pelos rojizos y que no pertenece a mi especie, pero eso no quita que seamos grandes amigas.

Vengo de una familia que ama los animales. Mi mamá tiene su perrita, una mezcla de pequinés con schanauzer, llamada Mía. Mi hermano, tiene su mezcla de dogo y bóxer, Popeye; y mi papá es también el papá de Blanca, una dogo-argentino. No quiero olvidar a mi abuela, que hospeda y da de comer a cada cuadrúpedo que la visita. Describir a mi familia de esta manera me recuerda a los daimonions de la trilogía La Materia Oscura de Philip Pullman, o de  la película inspirada en ella, La Brújula Dorada. En la ficción, un daimonion es el alma de la persona que habita fuera de su cuerpo en forma animal.  Cada uno tiene el suyo, y ambos son inseparables.

Tener una mascota es una de las cosas más lindas que os puede pasar. El escritor francés Anatole France dijo: “Hasta que uno no ha amado un animal, una parte del alma sigue sin despertar”. Tiene mucha razón. Matilda ha despertado sentimientos profundos en mí -como la ternura- que parecían haberse quedado dormidos mientras hacía uso de otros -como la tenacidad- para enfrentar la -a veces- brusca vida. Mi “diablito”, como su padre y yo la llamamos, me ayudó a bajar la velocidad en que había puesto mi carrera, me enseñó a disfrutar de un paseo por el parque y me empujó a  conversar con personas que jamás imaginé que podía haber hablado. Siempre aprendo  algo nuevo con ella. Sobre todo, es un ejercicio constante de responsabilidad.

A cambio de las muchas gratificaciones que nos regalan nuestras mascotas, solo piden que les cuidemos. Y confían en nosotros. En mi casa, siempre lo hemos tenido claro. Mía es epiléptica desde hace unos años pero hoy, gracias al cuidado de mi madre y al amor de toda la familia, se encuentra mejor. Yo suelo llevarle unas pastillas para la epilepsia que me receta el veterinario de Matilda cada vez que viajo a Argentina. En mi pueblo no hay.

Popeye también tuvo lo suyo. Hoy es un perro fuerte y vivaz, pero casi murió cuando apenas tenía unos meses. “El perro que venció a la muerte”, escribió mi hermano hace poco en su Facebook. Su desgracia fue causada por un virus y un servicio veterinario que claramente está peor que el servicio médico de humanos en el noreste argentino. Una de las pocas imágenes que tengo de mi hermano llorando fue mientras trataba de salvar la vida de su cachorro. En mi casa se turnaban por las noches para vigilarlo y darle la medicación. Se salvó con esfuerzo y amor.

Matilda, para no ser menos, se rompió su pata derecha cuando era un bebé, la operaron dos veces y hoy corre más que cualquier otro perro del parque. ¡Es que es muy ágil la liebre! Una liebre, justamente parece eso, un conejo salvaje corriendo y saltando por los campos. Cuando llegamos a casa está exhausta y ni bien la subo a la cama, se ubica para dormir en el espacio que queda entre mi pecho, mi vientre y mis piernas en posición fetal. Y si estoy boca arriba, se desploma directamente sobre mi estómago. Y es ahí cuando pienso: “¡Cuánta confianza!”. ¿Lo han pensado? Sus mascotas se duermen con vosotros porque saben que no le harán daño. Confían en ustedes. Es un pensamiento que me hace cerrar los ojos con una sonrisa.

Hoy, cuando Matilda sople las dos velitas de su su segundo cumpleaños, pediremos un deseo: Acabar con el maltrato animal en el mundo, en nuestra Aldea Global. Espero que ni hoy n nunca tenga que leer otra vez en el periódico historias como la de Vali, el perro “sin sangre en la venas” que fue abandonado y estuvo dos meses sin comer; tampoco quiero volver a hojear titulares como este: “Investigado el dueño de tres galgos por  arrojarlos en un poso en Osuna”. Por supuesto que no quiero que Mexico se quede con los brazos cruzados frente a aquellos desalmados que gozan con las peleas de perros; y mucho menos, escuchar que existen protectoras de animales que matan masivamente a perros y gatos. Y tened cuidado porque, empleando las mismas palabras que  usó el filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, “quien es cruel con los animales, no puede ser buena persona”.

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Carmena y Madrid no reciben bien a los visitantes. Una pena.

“Canta garganta con arena. Tu voz tiene la pena que Malena no cantó. Canta, que Juárez te condena al lastimar tu pena con su blanco bandoneón”, ¡qué grande Cacho Castaña!, uno de los exitosos cantantes y compositores que Argentina dio a luz y cuyas canciones han conmovido a generaciones. Ahora bien, es cierto que sus letras se desbordan de sentimientos por sí solas, pero debéis verlas, escucharlas y sentirlas cuando la interpreta Virginia Dubois. La piel se les pondrá como gallina.

Virginia es una actriz y cantante argentina que nació en las montañas de Salta “La linda”. Una provincia situada al noroeste de la república y que posee muchos de los más bellos paisajes del país. Su capital es un enjambre de artistas, músicos y cantantes que cada noche hacen latir alígero los corazones del público que se adentra en uno y otro bar. Casta a la que pertenece Dubois.

“Cami, ¿estás en Madrid? Quiero darme una vuelta por España y tenemos que vernos”, me escribió por Facebook mi amiga el mes pasado. Y el lunes llegó a la capital Española. Como toda artista, abrigada en una boina de lana y una bufanda para cuidar su garganta, se instaló en el casco antiguo de Madrid, cerca de la casa del músico que le acompañará en sus actuaciones. “Mañana paso a buscarte para ir a tomar el té”, le escribí yo. Tomar el té era nuestra rutina diaria luego de compartir las clases de ballet y jazz en el estudio de danza Mónica Souto, en Buenos Aires, ocho años atrás. Hoy, sigo recordando esos divertidos momentos. Entraba semi dormida cuando la clase había empezado quince minutos antes. Se arrimaba a la barra e intentaba imitar lo que estábamos haciendo. A veces lo lograba.

Estimada alcaldesa Manuela Carmena: Madrid no pudo haber recibido a mi invitada de peor manera. Martes, 6 de diciembre, día de la Constitución Española. Pensaba que llegaba temprano a nuestra cita en la plaza de Tirzo de Molina. Usualmente tardo treinta minutos desde casa hasta aparcar mi coche en el parking de Jacinto Bonavente. Pero el plan se echó a perder desde el momento en que me encontré haciendo cola en la glorieta de Atocha, para luego ver a la guardia civil interrumpiendo el paso. ¡Menos mal que los árboles navideños estaban allí, erguidos y brillantes rodeando la fuente, para mitigar mi descontento!

“No puede pasar, señorita”, me dijo el guardia civil que temblaba de frío. “Siga recto por el paseo del Prado”, señaló. Obedezco y me acerco a la plaza de Neptuno. Veo mucha gente. “¿Habrá ganado el Atlético?”, pienso, pero ese día no había partido. Cuando llego a la fuente, asisto a la misma escena: los guardias civiles, ordenados por Carmena, estaban cortando la entrada al centro. La historia se repitió en Cibeles donde miré al ayuntamiento y elevé una oración a la alcaldesa. No me explicaba cómo dos de las vitales arterias de la ciudad, Atocha y Gran Vía, podrían estar cortadas en estas fechas.

Como estaba media hora tarde decidí dejar el coche en algún sitio cerca del Retiro y caminar. Me felicitaba a mi misma por haber elegido las botas planas a las de tacón y por haber estado más abrigada de lo que diariamente acostumbro. Entre semáforos y manadas de transeúntes enloquecidos tardé otra media hora en llegar. En mi solitario andar fui testigo de cómo los turistas acarreaban sus maletas de un lado otro, de cómo se deslomaban los descargadores para cumplir con su trabajo y de lo vació que estaban los aparcamientos. Seguro perdieron mucho dinero. Cuando abracé a mi amiga estaba transpirada y sin aliento. ¡Qué horror! Le dije que teníamos que caminar para salir del centro y coger nuevamenre el coche para ir al sitio que teníamos planeado. Nuestro té se había atrasado dos horas y media y lo dejamos. Más tarde fuimos a cenar y a la vuelta tuve que dejarla en la boca de un metro para que llegue sola, en medio de la noche, a su hotel.

Similar situación volvimos a vivir ayer. Jueves, 8 de diciembre, día de la Inmaculada. Aunque salí más temprano y pedí a Virginia que me esperara fuera del casco antiguo, el plan no salió bien. Nos perdimos. Dí cinco vueltas al barrio del museo del Prado hasta que finalmente la encontré entre la multitud que iba y venía desesperada. Me sentí un personaje de la historia  Del Cañón de Gran Vía que contó Alfonso Ussía, con una gigante Manuela Carmena como titiritera malvada que se reía a carcajadas de la desgracia de la gente. Virginia no disfrutó mucho su llegada a Madrid ni la odisea de llegar a un sitio, creo que tiene ganas de ir a Londres y hace bien.

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Guardias civiles impidiendo la circulación en la calle de Atocha de Madrid