Amanecer en Miami

Ver salir el sol detrás del océano Atlántico es una experiencia bellísima. ¡Qué afortunada soy de poder verlo cuando quiero! Me levanto cada mañana cuando aún es oscuro. Me visto rápido, paseo a Matilda, regreso a casa y salgo a correr antes que el cielo empiece a aclarar. Comienzo la carrera entre la 1st court y la 7th street -justo debajo del paso del tren-, continúo por la 7 hasta Brickell avenue, doblo en la 8, cruzo el puente hasta Brickell Key y doy dos vueltas a la pequeña isla. En el segundo giro es cuando usualmente ocurre la maravilla. El sol brillante, casi rojo, se asoma por el horizonte. Toda la bahía azul que separa a Miami de Miami Beach, con Fisher Island a lo lejos, se llena de amarillos y naranjas. Así amanece.

Esta mañana fue muy reflexiva. El regreso a casa desde la isla lo hice trotando automáticamente mientras mi mente se ocupaba de otras cosas. Iba tan concentrada en mis pensamientos que ni si quiera recuerdo la música que sonaba en mi iTunes. Empecé recordando Portugal, el estado más occidental de Europa. Cuando vivía en Sevilla, conduje hasta allí por primera vez. Un par de años más tarde, ya asentada en Madrid, volé a Lisboa. La capital no me impactó tanto como esperaba, pero la playa más próxima, Carcavelos, era preciosa. Ambos viajes tuvieron una cosa en común: había visto los atardeceres más bonitos de mi vida. El sol desaparecía detrás del Atlántico creando una amplia gama de rojos y violetas. Las aguas parecían llenarse de lavas de fuego. Y luego, la oscuridad de la noche absorbía el último rayo de luz. Hoy me resulta gracioso pensar que ese mismo sol que se escondía radiante es el mismo que aparece unas horas más tarde del otro lado del mar en las costas de Florida. El mismo que hoy alegra mis mañanas.

Mientras seguía corriendo en modo automático, el segundo pensamiento que me mantuvo ausente de la realidad fue el partido del Miami Heat de ayer. Mientras cruzaba por el nuevo Brickell City Center, me decía a mí misma que seguramente el amanecer de hoy no habrá sido tan placentero para los jugadores de los Heat como lo sido para mí -si es que ya se han despertado, claro-. Anoche perdieron contra los Oklahoma City Thunder por doce puntos (106-94) como continuidad de una temporada que no parece ser la suya. Yo había llegado al American Airlines arena justo antes de que empiece el partido. Tomé mi lugar y disfruté del show. Hacía mucho que no iba a un juego. La partida comenzó con la ventaja de los Thunder y los Heat no pudieron hacer nada para invertir la situación durante los cuatro cuartos. Cada vez que los rojiblancos parecían acercarse, los azules se las arreglaban para dejarlos atrás por al menos diez puntos. Iba con la ilusión de ver lo mejor de Hassan Whiteside pero creo que no fue la noche en la que el gigante de 2.13 metros hizo uso de sus habilidades. Russell Westbrook fue la estrella de la noche.

En fin, percibir la belleza del amanecer, por muy objetivo que parezca, tiene mucha carga subjetiva. Las vivencias de las personas y el pasado inmediato influyen muchísimo. Llegué a mi punto de partida 35 minutos después como de costumbre. Mi RunKeeper me indicó que corrí 3 millas. Estiré mis músculos a orillas del Miami River, me duché y acabé desayunando en Toasted Bagelery and Deli donde empecé a escribir este texto.

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Próximo capítulo: Miami

El tiempo de vuelo para llegar a Miami es de 1 hora y 45 minutos, unos 1.783 kilómetros de distancia. No pensaba en abrir mi ordenador para escribir durante el viaje, pero lo he hecho. La altitud actual es de 37.000 pies y Matilda está tranquila en su transportín. Usualmente la tengo dando guerra encima de mis piernas, interponiéndose entre mí y mi lectura o entre mí y la película del día.

Tengo a due ragazzi di Venezia viajando a mi lado. Pero, a pesar de poder escribir esas cuatro palabras en italiano, mi conocimiento de la lengua vecina es lo suficientemente escaso como para poder entablar una conversación fluida. Creo que son pareja y sé que van a Miami a visitar a una amiga. El que comparte el reposa brazo conmigo me hizo reír mucho -mentalmente- cuando reportó a la aeromoza que su telefonillo (un tuvo de teléfono que se encuentra en el reverso del mando de la pantalla) no funcionaba y no podía llamar a su familia en medio del Atlántico. El wifi de pago ya existe en algunos vuelos, pero de ahí a contar con un servicio telefónico gratuito a bordo, el tano tendrá que esperar un poco más.

Del otro lado del pasillo, van sentadas dos chicas. Aparentan entre 16 y 18 años. Su padre las vigila desde el asiento trasero. Una lleva unas gafas graciosas y los ojos cubiertos por una sombra oscurísima. Entre las penumbras de la cabina, puedo afirmar que su maquillaje a sobrevivido. Ha estas horas del vuelo, yo seguro lo tendría hecho un desastre. Las dos niñas son rubias y hablan un idioma que no identifico. Tal vez ruso. La que va sentada cerca de la ventanilla no lleva nada en los ojos, pero se ha hecho una linda trenza para las nueve horas de vuelo. Muy bien por ellas. Yo me fui a la cama tan tarde anoche, luego de empacar, y me desperté tan temprano para ir al aeropuerto esta mañana que a penas dormí un par de horas. Estaba muerta de cansancio. Solo recuerdo haberme cepillado los dientes antes de ponerme este conjunto deportivo que llevo. Suelto y cómodo. Nada más. Si me peiné, fue por inercia.

Sentada aquí, esperando a que sirvan la merienda -o el desayuno, ya no sé- sigo pensando en lo interesante que me resulta reflexionar sobre las numerosas historias que se entrecruzan en un aeroplano. Pensar que cada una de estas personas tiene un libro de vida tan distinto al resto pero que sin embrago hoy, a la misma hora, todos teníamos algo en común. Hacer este viaje. Antes de despegar, mientras esperaba que el resto de los pasajeros tomaran su asiento, veía desfilar por el pasillo a cada persona y me imaginaba una historia para cada una. Algunas van de vacaciones o a celebrar Navidad, otras vuelan por negocios, algunas regresan de su visita a Europa u otro sitio más lejano, están los que hacen escala en Miami pero siguen hacia otro destino y estamos lo que dejamos atrás un capítulo de nuestras vidas para comenzar uno nuevo.

No recuerdo dónde leí esta frase, pero me gusta mucho: “Piensa tu vida como capítulos y no como un libro terminado”. Mi primer capítulo lo viví desde que nací hasta que terminé la escuela secundaria en el pueblo donde aún viven mis padres y el resto de mi familia. De hecho, iré a pasar la noche vieja y la primer semana del 2017 con ellos. Buenos Aires fue el escenario del segundo capítulo de mi historia y cada vez que lo repaso, recuerdo mis días de jazz y ballet en los estudios de danza de la ciudad porteña. Luego crucé por primera vez el océano Atlántico y la línea del Ecuador con destino a España. El capitulo tercero lo escribí en Sevilla; el quinto, algo más corto, en Marbella; y el sexto, en Madrid. Luego de cuatro años en la capital de la península ibérica, con mi grado en periodismo terminado, he decidido redactar el capítulo siguiente en los Estados Unidos. Todo cambio acarrea consigo inseguridades, cosas que no se saben y otras que si. Sé, por ejemplo, que me voy de España justo cuando la situación económica parece estar mejorando: el paro se reduce, los bancos vuelven a dar créditos y se activa el consumo. No fue hace mucho que vi las primeras grúas volviendo a trabajar. Y también sé que me mudo a un país donde el presidente electo siembra muchas incertidumbres. No sé infinitas cosas, pero lo importante es saber que como autora de mi propia vida, siempre puedo empezar un nuevo capítulo.

Otra cosa, ¡Feliz Navidad!

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Quien es cruel con los animales no puede ser buena persona

¡Qué los cumplas feliz! ¡Qué los cumplas feliz! Qué los cumplas, Matildita… ¡qué los cumplas feliz! No podía dejar pasar este día, 12 de diciembre, sin mencionar el cumpleaños de mi inseparable compañera. Es verdad que pesa apenas 1.4kg., que está cubierta de pelos rojizos y que no pertenece a mi especie, pero eso no quita que seamos grandes amigas.

Vengo de una familia que ama los animales. Mi mamá tiene su perrita, una mezcla de pequinés con schanauzer, llamada Mía. Mi hermano, tiene su mezcla de dogo y bóxer, Popeye; y mi papá es también el papá de Blanca, una dogo-argentino. No quiero olvidar a mi abuela, que hospeda y da de comer a cada cuadrúpedo que la visita. Describir a mi familia de esta manera me recuerda a los daimonions de la trilogía La Materia Oscura de Philip Pullman, o de  la película inspirada en ella, La Brújula Dorada. En la ficción, un daimonion es el alma de la persona que habita fuera de su cuerpo en forma animal.  Cada uno tiene el suyo, y ambos son inseparables.

Tener una mascota es una de las cosas más lindas que os puede pasar. El escritor francés Anatole France dijo: “Hasta que uno no ha amado un animal, una parte del alma sigue sin despertar”. Tiene mucha razón. Matilda ha despertado sentimientos profundos en mí -como la ternura- que parecían haberse quedado dormidos mientras hacía uso de otros -como la tenacidad- para enfrentar la -a veces- brusca vida. Mi “diablito”, como su padre y yo la llamamos, me ayudó a bajar la velocidad en que había puesto mi carrera, me enseñó a disfrutar de un paseo por el parque y me empujó a  conversar con personas que jamás imaginé que podía haber hablado. Siempre aprendo  algo nuevo con ella. Sobre todo, es un ejercicio constante de responsabilidad.

A cambio de las muchas gratificaciones que nos regalan nuestras mascotas, solo piden que les cuidemos. Y confían en nosotros. En mi casa, siempre lo hemos tenido claro. Mía es epiléptica desde hace unos años pero hoy, gracias al cuidado de mi madre y al amor de toda la familia, se encuentra mejor. Yo suelo llevarle unas pastillas para la epilepsia que me receta el veterinario de Matilda cada vez que viajo a Argentina. En mi pueblo no hay.

Popeye también tuvo lo suyo. Hoy es un perro fuerte y vivaz, pero casi murió cuando apenas tenía unos meses. “El perro que venció a la muerte”, escribió mi hermano hace poco en su Facebook. Su desgracia fue causada por un virus y un servicio veterinario que claramente está peor que el servicio médico de humanos en el noreste argentino. Una de las pocas imágenes que tengo de mi hermano llorando fue mientras trataba de salvar la vida de su cachorro. En mi casa se turnaban por las noches para vigilarlo y darle la medicación. Se salvó con esfuerzo y amor.

Matilda, para no ser menos, se rompió su pata derecha cuando era un bebé, la operaron dos veces y hoy corre más que cualquier otro perro del parque. ¡Es que es muy ágil la liebre! Una liebre, justamente parece eso, un conejo salvaje corriendo y saltando por los campos. Cuando llegamos a casa está exhausta y ni bien la subo a la cama, se ubica para dormir en el espacio que queda entre mi pecho, mi vientre y mis piernas en posición fetal. Y si estoy boca arriba, se desploma directamente sobre mi estómago. Y es ahí cuando pienso: “¡Cuánta confianza!”. ¿Lo han pensado? Sus mascotas se duermen con vosotros porque saben que no le harán daño. Confían en ustedes. Es un pensamiento que me hace cerrar los ojos con una sonrisa.

Hoy, cuando Matilda sople las dos velitas de su su segundo cumpleaños, pediremos un deseo: Acabar con el maltrato animal en el mundo, en nuestra Aldea Global. Espero que ni hoy n nunca tenga que leer otra vez en el periódico historias como la de Vali, el perro “sin sangre en la venas” que fue abandonado y estuvo dos meses sin comer; tampoco quiero volver a hojear titulares como este: “Investigado el dueño de tres galgos por  arrojarlos en un poso en Osuna”. Por supuesto que no quiero que Mexico se quede con los brazos cruzados frente a aquellos desalmados que gozan con las peleas de perros; y mucho menos, escuchar que existen protectoras de animales que matan masivamente a perros y gatos. Y tened cuidado porque, empleando las mismas palabras que  usó el filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, “quien es cruel con los animales, no puede ser buena persona”.

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Carmena y Madrid no reciben bien a los visitantes. Una pena.

“Canta garganta con arena. Tu voz tiene la pena que Malena no cantó. Canta, que Juárez te condena al lastimar tu pena con su blanco bandoneón”, ¡qué grande Cacho Castaña!, uno de los exitosos cantantes y compositores que Argentina dio a luz y cuyas canciones han conmovido a generaciones. Ahora bien, es cierto que sus letras se desbordan de sentimientos por sí solas, pero debéis verlas, escucharlas y sentirlas cuando la interpreta Virginia Dubois. La piel se les pondrá como gallina.

Virginia es una actriz y cantante argentina que nació en las montañas de Salta “La linda”. Una provincia situada al noroeste de la república y que posee muchos de los más bellos paisajes del país. Su capital es un enjambre de artistas, músicos y cantantes que cada noche hacen latir alígero los corazones del público que se adentra en uno y otro bar. Casta a la que pertenece Dubois.

“Cami, ¿estás en Madrid? Quiero darme una vuelta por España y tenemos que vernos”, me escribió por Facebook mi amiga el mes pasado. Y el lunes llegó a la capital Española. Como toda artista, abrigada en una boina de lana y una bufanda para cuidar su garganta, se instaló en el casco antiguo de Madrid, cerca de la casa del músico que le acompañará en sus actuaciones. “Mañana paso a buscarte para ir a tomar el té”, le escribí yo. Tomar el té era nuestra rutina diaria luego de compartir las clases de ballet y jazz en el estudio de danza Mónica Souto, en Buenos Aires, ocho años atrás. Hoy, sigo recordando esos divertidos momentos. Entraba semi dormida cuando la clase había empezado quince minutos antes. Se arrimaba a la barra e intentaba imitar lo que estábamos haciendo. A veces lo lograba.

Estimada alcaldesa Manuela Carmena: Madrid no pudo haber recibido a mi invitada de peor manera. Martes, 6 de diciembre, día de la Constitución Española. Pensaba que llegaba temprano a nuestra cita en la plaza de Tirzo de Molina. Usualmente tardo treinta minutos desde casa hasta aparcar mi coche en el parking de Jacinto Bonavente. Pero el plan se echó a perder desde el momento en que me encontré haciendo cola en la glorieta de Atocha, para luego ver a la guardia civil interrumpiendo el paso. ¡Menos mal que los árboles navideños estaban allí, erguidos y brillantes rodeando la fuente, para mitigar mi descontento!

“No puede pasar, señorita”, me dijo el guardia civil que temblaba de frío. “Siga recto por el paseo del Prado”, señaló. Obedezco y me acerco a la plaza de Neptuno. Veo mucha gente. “¿Habrá ganado el Atlético?”, pienso, pero ese día no había partido. Cuando llego a la fuente, asisto a la misma escena: los guardias civiles, ordenados por Carmena, estaban cortando la entrada al centro. La historia se repitió en Cibeles donde miré al ayuntamiento y elevé una oración a la alcaldesa. No me explicaba cómo dos de las vitales arterias de la ciudad, Atocha y Gran Vía, podrían estar cortadas en estas fechas.

Como estaba media hora tarde decidí dejar el coche en algún sitio cerca del Retiro y caminar. Me felicitaba a mi misma por haber elegido las botas planas a las de tacón y por haber estado más abrigada de lo que diariamente acostumbro. Entre semáforos y manadas de transeúntes enloquecidos tardé otra media hora en llegar. En mi solitario andar fui testigo de cómo los turistas acarreaban sus maletas de un lado otro, de cómo se deslomaban los descargadores para cumplir con su trabajo y de lo vació que estaban los aparcamientos. Seguro perdieron mucho dinero. Cuando abracé a mi amiga estaba transpirada y sin aliento. ¡Qué horror! Le dije que teníamos que caminar para salir del centro y coger nuevamenre el coche para ir al sitio que teníamos planeado. Nuestro té se había atrasado dos horas y media y lo dejamos. Más tarde fuimos a cenar y a la vuelta tuve que dejarla en la boca de un metro para que llegue sola, en medio de la noche, a su hotel.

Similar situación volvimos a vivir ayer. Jueves, 8 de diciembre, día de la Inmaculada. Aunque salí más temprano y pedí a Virginia que me esperara fuera del casco antiguo, el plan no salió bien. Nos perdimos. Dí cinco vueltas al barrio del museo del Prado hasta que finalmente la encontré entre la multitud que iba y venía desesperada. Me sentí un personaje de la historia  Del Cañón de Gran Vía que contó Alfonso Ussía, con una gigante Manuela Carmena como titiritera malvada que se reía a carcajadas de la desgracia de la gente. Virginia no disfrutó mucho su llegada a Madrid ni la odisea de llegar a un sitio, creo que tiene ganas de ir a Londres y hace bien.

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Guardias civiles impidiendo la circulación en la calle de Atocha de Madrid

Es más fácil decir xenófobo que reparar la cuna del problema

Estoy cansada de escuchar y leer “es un  xenófobo”. Parece que se ha convertido en la muletilla del lenguaje que tiene el poder de elevar el alma al cielo sin pasar por el purgatorio. Amén. Pero,  ¿realmente basta con entonar estas palabras mágicas para mejorar el mundo? ¿Es suficiente adornar ayuntamientos con pancartas que dan la bienvenida a los refugiados como si fueran ornamentos para embellecer la ciudad?

Cada vez que abro los periódicos leo sobre xenofobia. Le Pen en Francia es xenófoba. Salvini en Italia es xenófobo. Hofer en Austria es xenófobo. Trump en los Estados Unidos es xenófobo. May en el Reino Unido es xenófoba. Y así, un largo etcétera. Algunos de ellos ganaron las elecciones, otros quedaron segundos y otros se disputan en las las primarias de sus respectivos países. Evidentemente hay gente que los apoya, pero ¡cuidado! seguro se trata de más xenófobos. Los que temen ir al infierno dirán que la mitad de los Estados Unidos que apoyaron al empresario inmobiliario es xenófoba, también la mitad del Reino Unido del lado de  May, también los seguidores de Hofer, los de Le Pen y de Salvini.  Eso sí, en España, por ejemplo, los mismos que recitan esas frases son los que se quejan de “tantos chinos” y de “tantos moros” en la calle. Pero, en fin, eso no viene a mi tema de hoy.

Me quiero enfocar en el programa de los líderes políticos y en los grandes números. El mundo hipócrita se conmovió y reaccionó cuando Donald Trump dijo que construirá un muro para frenar la inmigración ilegal. Los que defienden la ilegalidad, por supuesto, no estaban de acuerdo con ninguna medida. Pero lo que más me llamó la atención fueron las piedras que le arrojaron los ciudadanos europeos, mexicanos y argentinos -entre otros- cuando también sus estados cuentan con grandes muros y cercos con el mismo objetivo, pero no parecen causar tanta polémica. No es una justificación, pero vale la pena indicarlos. En la ciudad española de Melilla encontramos una inmensa valla, alzada hace años para evitar la entrada de los desafortunados africanos. Mexico, la pobre víctima de Estados Unidos, levantó un muro en su frontera sur con el fin de impedir que los guatemaltecos ingresen a los Estados Unidos Mexicanos. Hungría, ante la avalancha de refugiados y de otros inmigrantes que migraban a Europa en busca de una vida mejor, alambró la frontera para detenerlos. Argentina edificó un muro entre tierras misioneras y paraguayas, y la ciudad de Buenos Aires irguió un muro para aislar la villa 31 del aristocrático barrio de la Recoleta. Podría continuar con más casos, pero tampoco es la meta de mi reflexión.

Las paredes de las casas y los cercos de los campos siempre han servido de protección. La pregunta es: ¿Está Europa o Estados Unidos o México o la Recoleta o Melilla amenazada por la inmigración? Me atrevo a decir que el problema no es la condición de inmigrante sino que el sistema no está preparado para recibir, organizar y dar trabajo a tantas personas. Un sistema colapsado genera caos, y el caos, inseguridad. Señalamos de xenófobos a las naciones que se han desarrollado y que ofrecen trabajo a sus nacionales – y aún así hay muchos en paro – y a muchos inmigrantes legales, entre los que me incluyo. No estoy en contra de ayudar -ruego que no se me tome de esa manera- pero no creo que defender la ilegalidad o colapsar el sistema sirve -ni servirá- para mucho. Hay cientos de miles de inmigrantes, que si no han muerto ahogados cruzando los mares, o de sed y hambre recorriendo kilómetros, llegaran a Europa o Estados Unidos para que estos les ofrezcan un pescado pero no una caña de pescar. El problema es que tarde o temprano los peces se acabarán. Y aunque aún hoy no se hayan acabado ¿qué pasa con el resto de ellos, aquellos que no pudieron ni podrán llegar a ese ansiado primer mundo?

Alfonso Rojo publicó unos datos en Al Rojo Vivo (La Razón) que merecen atención. En 2050, Europa, con sus índices actuales de natalidad, rondará los 500 millones de habitantes, de los que el 40% formarán parte de lo que se denomina tercera edad. En esa misma fecha, Nigeria tendrá 400 millones de habitantes; el Congo, más de 200 millones; Etiopía, 170 millones; Camerún, más de 50millones; y así desde  Egipto a Guinea y desde Tanger a Ciudad del Cabo. Antes de que concluya el siglo, Africa superará a Asia en población y no parece que esa explosión demográfica vaya acompañada de ningún boom comercial chino, del desarrollo tecnológico japonés o de la industrialización coreana. ¿Qué será de las vidas de tanta gente pobre, sin educación y que no puede emigrar? Africa, sin dudas, es un gran exponente de esta situación pero no es la única. En varios lugares de America Latina se sufre de igual manera. En la región de donde yo provengo, el norte de Argentina, se convive con mucha miseria y un sistema de salud y educativo precario -casi inexistente- y la distancia geográfica con el hemisferio norte es abismal para que la gente pueda emigrar. ¿Es emigrar la solución a estos problemas? Por supuesto que no. Los que se juegan la vida por emigrar son solo unos pocos de la población que sufre. Solo es el intento de unas personas desesperadas.

Voy a concluir diciendo que defender la entrada ilegal de personas no corrige ningún defecto del sistema. Lo empeora. Soy partidaria de que las soluciones deben ser buscadas en el lugar de origen. Es imposible solucionar un problema global si no se ataca la cuna del asunto. Si cada estado se esforzara en depurar su sistema y aquellas naciones más poderosas, saneadas internamente, pudieran ayudar a las más desfavorecidas con ayudas directas o a través de organizaciones, las cosas funcionarían mejor. Vanagloriarse de ser los buenos y fanfarronear de que alimentamos a tres indigentes por un par de días no aporta nada a la solución de la cuestión. Dejemos eso a las señoras de guante y sombrero que van a misa. La pobreza de los países tercermundistas -de donde vengo- tiene origen en su forma de pensar. En la educación. 

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Inmigrantes ilegales encaramados en las vallas de Melilla

“Mirar hacia adelante”, el consejo del piloto

“¡Buen día!”, empezaba diciendo el mensaje que el piloto Gustavo Encina publicó en su cuenta de Instagram un día antes de despegar el vuelo que lo llevó a él y a otras 70 personas a la muerte. “¿Hacia donde miras en tu vida? ¿Hacia atrás o hacia adelante?“, continuaba la nota. Encina era una persona creyente y aquél último mensaje invitaba a sus interlocutores a acercarse a Cristo: “Que el Señor te de la gracia de soltar las cosas, aún aquellas que consideras preciosas en esta vida y te permita mirar hacia adelante…”.

Soy una persona que proviene de una familia católica pero que en el período de mi autoconocimiento me acerque a la iglesia de los adventistas del séptimo día donde aprendí muchos hábitos saludables para cuidar la unidad cuerpo y alma, y también otras doctrinas que me parecían más humanas y efectivas que las celebraciones y procesiones de las que yo provenía. No obstante mis ganas de conocer más de la cuenta y de preguntarme por ciertas cuestiones que iban más allá de lo socialmente suficiente en mi pueblo, me inclinó por la filosofía. Ya no me conformaban las respuestas fáciles, ni dejar el rumbo de mi destino a la viento de la iglesia. Una profesora de ciencias me enseño a pensar. Más tarde me mudé del pueblo a la ciudad y de Sudamérica a Europa y desde entonces no paré de viajar. Visitar distintas comunidades y culturas del mundo me hizo acentuar más mi perspectiva crítica sobre los credos y amar más la diversidad. Conocí otros dioses, o quizás el mismo, pero con nombres y vestiduras distintas.

Aún así, entre sus diferencias había algo en común: eran buenos. Todos ellos eran fuente de esperanza, de misericordia y de consuelo. Allí entendí que no importa a qué dios nos dirigimos cuando miramos el cielo, lo que importa es que ese dios nos inspire a ser mejores personas y nos dé la fuerza que necesitemos para enfrentar esta vida que es corta y a veces, incluso, más corta de lo que proyectamos.

El piloto dejó escrito un valioso consejo antes de despegar su vuelo eterno. Si lo que acarreamos en nuestra vida es un peso que nos impide mirar hacia adelante, hay que dejarlo caer. Si caminamos nuestros caminos de espaldas, jalando de lo que hemos construido, es tiempo de soltarlo. Hoy es el momento de erguir nuevamente la columna, girar 180º y mirar hacia adelante. Como el pasado ni el futuro existen, hoy es el día para observar, para contemplar el horizonte y para redescubrirnos. Está permitido reinventarse. Es el momento de reescribir nuestra biografía y de trazar un camino distinto. Hoy es el día de dejar de ser los personajes del inexistente destino.

¿Cuántas veces hemos escuchado decir que hoy estamos y mañana no? ¿Cuántas veces nos preocupamos por lo que ocurrirá en diez años y nos olvidamos de atender el presente? Lo qué pasó, pasó, y lo que vendrá, vendrá. Es tan fácil decirlo y tan difícil llevarlo a cabo. Muchas veces somos muy obstinados. Existen obsesiones en la vida que, cual talentoso mago, hipnotizan. Nos cierran los ojos y manipulan a su antojo. Muchas veces deseamos tanto algo que nos olvidamos de lo que tenemos y a quienes tenemos. Nos concentramos desmedidamente en un supuesto destino  que, cual caballo con anteojera, no vemos otra cosa más que el sendero que marca el cochero.

Mi reflexión de hoy, gracias a las palabras de Gustavo Encina, es sobre lo valioso que es voltear y mirar hacia adelante sin esperar que eso a lo que llamamos destino nos lo indique. Cada uno de nosotros es el autor de su propia vida, y como creadores de cada uno de nuestros capítulos, podemos cambiar el curso de la historia cuando lo necesitemos. Es cierto que no existe nada del pasado que se pueda modificar, pero para eso tenemos el presente. ¡Aleluya!   La decisión la debemos tomar hoy, y no olvidemos que este presente será el pasado que detestaremos, o que amaremos, mañana.

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El Chapecoense subiendo al avión donde el piloto Gustavo Encina se desempeño como operador técnico del vuelo.

 

Posturas frente a la muerte de Fidel Castro

“¡Fidel Castro está muerto!”, exclamó Donald Trump en su cuenta de Twiter el sábado pasado, y realmente lo estaba. El presidente Raul Castro comunicó que su hermano había fallecido el viernes 25 de noviembre  a las 10.29 Hs. de la noche.

Hace 10 años y luego de haber gobernado Cuba por 47 años de forma ininterrumpida, Castro abandonó el poder por razones de salud. Entonces, Raul Castro tomó el mandato provisionalmente y dos años después, en 2008, lo sucedió formalmente como presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros. Desde entonces Fidel se convirtió en una especie de tutor y vigilante del régimen. Una autocracia que se enfrentó y vio desfilar a diez presidentes elegidos democráticamente en los Estados Unidos, de Dwight Eisenhower hasta Barak Obama.

Mandatarios de estados y portavoces de partidos políticos dedicaron palabras a Castro en sus cuentas de Twitter. Otros, como la primera ministra británica, Teresa May, optaron por el silencio. El presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, como el presidente de la República Argentina, Mauricio Macri; y Mariano Rajoy, presidente de gobierno de España, fueron algunos de lo que se ajustaron a lo políticamente correcto y enviaron sus condolencias a las autoridades cubanas. “Condolences following the death of Fidel Castro”, escribió Putin.

Otros, en cambio, lo han idolatrado. Es el caso de Pablo Iglesias, el secretario general de Unidos Podemos (España), que se refirió a Castro como el “referente de la dignidad latinoamericana”. La expresidente de Argentina, Cristina Fernandez de Kirchner, utilizó las palabras “ejemplo de dignidad y soberanía” y acompaño su twit con una foto del expresidente cubano agitando la bandera nacional. Kirchner rindió homenaje a Castro concurriendo a un acto en la embajada de Cuba en Argentina. Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, por su parte, viajó a Cuba y entonó un discurso donde recordó la hermandad entre la revolución cubana y la revolución bolivariana, puso a Castro al lado de Chavez y dijo: “Ahora nos toca a nosotros. Fidel se queda invicto entre nosotros”. Su cuenta  de Twitter está plagada de comunicados. Hay trozos de sus discursos políticos sobre la muerte de Castro, publicaciones de la prensa presidencial elogiando el régimen cubano,  retratos de Fidel y fotos del funeral de quien fue uno de los grandes personajes políticos del siglo XX.

El presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, dejó de lado -como de costumbre- lo políticamente correcto y exclamó, liza y llanamente, que Fidel Castro estaba muerto. El empresario inmobiliario ha demostrado, una vez más, que a él le resulta mejor decir lo que piensa exactamente, que llenar de adornos el lenguaje. “Creo que el gran problema de este país es ser políticamente correcto”, dijo durante el primer debate del partido Republicano emitido por la cadena estadounidense Fox News. Lo cierto es que Trump sabe producir muy buenos titulares.

Personalmente, me quedaré con las palabras twiteadas por líder de Ciudadanos en España.  Albert Rivera señaló que con la muerte de Fidel Castro “se abre una nueva oportunidad para que los cubanos avancen a un nuevo tiempo de reconciliación, libertad y democracia”. Y a propósito, España envió al rey Juan Carlos I al funeral de Castro. Tal vez la representación del monarca en el funeral del mandatario cubano haya sido algo más de lo que una dictadura se merece, como lo indicó Alfonso Ussía en su artículo Cenizas Viajeras, sin embargo don Juan Carlos es un buen ejemplo de la transición hacia la democracia que señala Rivera. Exagerado, tal vez, hubiera sido enviar a Fernando VII.  Es que el interés económico que España tiene en la isla no debería confundirse con elogiar y apoyar las políticas castristas. Una cosa es mostrarse protocolariamente correctos porque existe una relación comercial con Cuba, y otra cosa muy distinta es mostrar interés y apoyo a un régimen dictatorial. “No hay que confundir tener sexo con hacer el amor”, fue la analogía que utilizó Javier Nart, eurodiputado de Ciudadanos, en una entrevista en Espejo Público (Antena 3, España) para referirse al asunto. Estoy de acuerdo.

Me he referido a Fidel Castro como dictador, y muchos coincidirán. No importa cuales hayan sido sus objetivos, al final, su mandato se volvió dictadura. Aquel líder revolucionario que en 1959 encabezó al grupo de guerrilleros bajo el objetivo de derrocar al tirano Fulgencio Batista, desapareció cuando acabaron los conflictos. Luego de salir victorioso, Castro impuso su propio régimen totalitario. Enrique López, en su columna de La Razón, El Ambigú, escribió esta semana: “Por lo general, los revolucionarios de todos los tiempos inician una lucha contra un previo poder tirano para combatir sus consecuencias, pero casi siempre terminan generando similares males”. Lopez cita como ejemplo la Revolución Francesa donde los revolucionarios y el pueblo lucharon contra la monarquía y la nobleza, quienes querían hacerse con el control absoluto y a quienes etiquetaron de corruptos. Luego de sumergir a Francia en un gran caos  político y social, el sueño revolucionario francés cayó en manos de Napoleón. Otro régimen autoritario, otro dictador.

Para terminar, yo me pregunto: ¿Qué se necesita para ser un dictador de primera como Napoleón, Hitler, Mussolini, Franco o Castro? César Vidal, también de La Razón, ofreció siete consejos en El Faro. Primero, dice Vidal, hay que declararse defensor de pobres y oprimidos, sin importar que seas millonario y que tu pueblo pase miserias. Segundo, hay que declarar la guerra al imperialismo yanqui, que siempre viene bien. Tercero, se debe privar al pueblo del fruto de su trabajo. Permitir que el pueblo progrese no suele ser agradecido, explica el columnista, pero reducirlo a la pobreza trae beneficios. Aquellas personas cuya preocupación es qué comer cada día, no suele interesarse por temas políticos. Cuarto, rodearse de buena propaganda y no tratar los temas reales. Si se repite constantemente los ficticios discursos sobre sanidad y educación, la penuria se justifica. Quinto, y muy importante, es educar a los medios y recordar que ante sublevaciones mediáticas siempre es mejor castigar quitando la publicidad institucional, que acudir a los fusilamientos. Sexto, dejarse querer, aunque lo que la gente diga entre por un oído y salga por otro, hay que establecer relaciones. Abrazar papas y reyes está bien visto. Y por último, dice Vidal, hay que insistir en el progresismo. Puede perseguirse a homosexuales o a credos distintos, pero la propaganda debe dejar claro que el régimen progresa.

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Fidel Castro