Posturas frente a la muerte de Fidel Castro

“¡Fidel Castro está muerto!”, exclamó Donald Trump en su cuenta de Twiter el sábado pasado, y realmente lo estaba. El presidente Raul Castro comunicó que su hermano había fallecido el viernes 25 de noviembre  a las 10.29 Hs. de la noche.

Hace 10 años y luego de haber gobernado Cuba por 47 años de forma ininterrumpida, Castro abandonó el poder por razones de salud. Entonces, Raul Castro tomó el mandato provisionalmente y dos años después, en 2008, lo sucedió formalmente como presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros. Desde entonces Fidel se convirtió en una especie de tutor y vigilante del régimen. Una autocracia que se enfrentó y vio desfilar a diez presidentes elegidos democráticamente en los Estados Unidos, de Dwight Eisenhower hasta Barak Obama.

Mandatarios de estados y portavoces de partidos políticos dedicaron palabras a Castro en sus cuentas de Twitter. Otros, como la primera ministra británica, Teresa May, optaron por el silencio. El presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, como el presidente de la República Argentina, Mauricio Macri; y Mariano Rajoy, presidente de gobierno de España, fueron algunos de lo que se ajustaron a lo políticamente correcto y enviaron sus condolencias a las autoridades cubanas. “Condolences following the death of Fidel Castro”, escribió Putin.

Otros, en cambio, lo han idolatrado. Es el caso de Pablo Iglesias, el secretario general de Unidos Podemos (España), que se refirió a Castro como el “referente de la dignidad latinoamericana”. La expresidente de Argentina, Cristina Fernandez de Kirchner, utilizó las palabras “ejemplo de dignidad y soberanía” y acompaño su twit con una foto del expresidente cubano agitando la bandera nacional. Kirchner rindió homenaje a Castro concurriendo a un acto en la embajada de Cuba en Argentina. Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, por su parte, viajó a Cuba y entonó un discurso donde recordó la hermandad entre la revolución cubana y la revolución bolivariana, puso a Castro al lado de Chavez y dijo: “Ahora nos toca a nosotros. Fidel se queda invicto entre nosotros”. Su cuenta  de Twitter está plagada de comunicados. Hay trozos de sus discursos políticos sobre la muerte de Castro, publicaciones de la prensa presidencial elogiando el régimen cubano,  retratos de Fidel y fotos del funeral de quien fue uno de los grandes personajes políticos del siglo XX.

El presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, dejó de lado -como de costumbre- lo políticamente correcto y exclamó, liza y llanamente, que Fidel Castro estaba muerto. El empresario inmobiliario ha demostrado, una vez más, que a él le resulta mejor decir lo que piensa exactamente, que llenar de adornos el lenguaje. “Creo que el gran problema de este país es ser políticamente correcto”, dijo durante el primer debate del partido Republicano emitido por la cadena estadounidense Fox News. Lo cierto es que Trump sabe producir muy buenos titulares.

Personalmente, me quedaré con las palabras twiteadas por líder de Ciudadanos en España.  Albert Rivera señaló que con la muerte de Fidel Castro “se abre una nueva oportunidad para que los cubanos avancen a un nuevo tiempo de reconciliación, libertad y democracia”. Y a propósito, España envió al rey Juan Carlos I al funeral de Castro. Tal vez la representación del monarca en el funeral del mandatario cubano haya sido algo más de lo que una dictadura se merece, como lo indicó Alfonso Ussía en su artículo Cenizas Viajeras, sin embargo don Juan Carlos es un buen ejemplo de la transición hacia la democracia que señala Rivera. Exagerado, tal vez, hubiera sido enviar a Fernando VII.  Es que el interés económico que España tiene en la isla no debería confundirse con elogiar y apoyar las políticas castristas. Una cosa es mostrarse protocolariamente correctos porque existe una relación comercial con Cuba, y otra cosa muy distinta es mostrar interés y apoyo a un régimen dictatorial. “No hay que confundir tener sexo con hacer el amor”, fue la analogía que utilizó Javier Nart, eurodiputado de Ciudadanos, en una entrevista en Espejo Público (Antena 3, España) para referirse al asunto. Estoy de acuerdo.

Me he referido a Fidel Castro como dictador, y muchos coincidirán. No importa cuales hayan sido sus objetivos, al final, su mandato se volvió dictadura. Aquel líder revolucionario que en 1959 encabezó al grupo de guerrilleros bajo el objetivo de derrocar al tirano Fulgencio Batista, desapareció cuando acabaron los conflictos. Luego de salir victorioso, Castro impuso su propio régimen totalitario. Enrique López, en su columna de La Razón, El Ambigú, escribió esta semana: “Por lo general, los revolucionarios de todos los tiempos inician una lucha contra un previo poder tirano para combatir sus consecuencias, pero casi siempre terminan generando similares males”. Lopez cita como ejemplo la Revolución Francesa donde los revolucionarios y el pueblo lucharon contra la monarquía y la nobleza, quienes querían hacerse con el control absoluto y a quienes etiquetaron de corruptos. Luego de sumergir a Francia en un gran caos  político y social, el sueño revolucionario francés cayó en manos de Napoleón. Otro régimen autoritario, otro dictador.

Para terminar, yo me pregunto: ¿Qué se necesita para ser un dictador de primera como Napoleón, Hitler, Mussolini, Franco o Castro? César Vidal, también de La Razón, ofreció siete consejos en El Faro. Primero, dice Vidal, hay que declararse defensor de pobres y oprimidos, sin importar que seas millonario y que tu pueblo pase miserias. Segundo, hay que declarar la guerra al imperialismo yanqui, que siempre viene bien. Tercero, se debe privar al pueblo del fruto de su trabajo. Permitir que el pueblo progrese no suele ser agradecido, explica el columnista, pero reducirlo a la pobreza trae beneficios. Aquellas personas cuya preocupación es qué comer cada día, no suele interesarse por temas políticos. Cuarto, rodearse de buena propaganda y no tratar los temas reales. Si se repite constantemente los ficticios discursos sobre sanidad y educación, la penuria se justifica. Quinto, y muy importante, es educar a los medios y recordar que ante sublevaciones mediáticas siempre es mejor castigar quitando la publicidad institucional, que acudir a los fusilamientos. Sexto, dejarse querer, aunque lo que la gente diga entre por un oído y salga por otro, hay que establecer relaciones. Abrazar papas y reyes está bien visto. Y por último, dice Vidal, hay que insistir en el progresismo. Puede perseguirse a homosexuales o a credos distintos, pero la propaganda debe dejar claro que el régimen progresa.

Fidel Castro.jpg

Fidel Castro

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