Carmena y Madrid no reciben bien a los visitantes. Una pena.

“Canta garganta con arena. Tu voz tiene la pena que Malena no cantó. Canta, que Juárez te condena al lastimar tu pena con su blanco bandoneón”, ¡qué grande Cacho Castaña!, uno de los exitosos cantantes y compositores que Argentina dio a luz y cuyas canciones han conmovido a generaciones. Ahora bien, es cierto que sus letras se desbordan de sentimientos por sí solas, pero debéis verlas, escucharlas y sentirlas cuando la interpreta Virginia Dubois. La piel se les pondrá como gallina.

Virginia es una actriz y cantante argentina que nació en las montañas de Salta “La linda”. Una provincia situada al noroeste de la república y que posee muchos de los más bellos paisajes del país. Su capital es un enjambre de artistas, músicos y cantantes que cada noche hacen latir alígero los corazones del público que se adentra en uno y otro bar. Casta a la que pertenece Dubois.

“Cami, ¿estás en Madrid? Quiero darme una vuelta por España y tenemos que vernos”, me escribió por Facebook mi amiga el mes pasado. Y el lunes llegó a la capital Española. Como toda artista, abrigada en una boina de lana y una bufanda para cuidar su garganta, se instaló en el casco antiguo de Madrid, cerca de la casa del músico que le acompañará en sus actuaciones. “Mañana paso a buscarte para ir a tomar el té”, le escribí yo. Tomar el té era nuestra rutina diaria luego de compartir las clases de ballet y jazz en el estudio de danza Mónica Souto, en Buenos Aires, ocho años atrás. Hoy, sigo recordando esos divertidos momentos. Entraba semi dormida cuando la clase había empezado quince minutos antes. Se arrimaba a la barra e intentaba imitar lo que estábamos haciendo. A veces lo lograba.

Estimada alcaldesa Manuela Carmena: Madrid no pudo haber recibido a mi invitada de peor manera. Martes, 6 de diciembre, día de la Constitución Española. Pensaba que llegaba temprano a nuestra cita en la plaza de Tirzo de Molina. Usualmente tardo treinta minutos desde casa hasta aparcar mi coche en el parking de Jacinto Bonavente. Pero el plan se echó a perder desde el momento en que me encontré haciendo cola en la glorieta de Atocha, para luego ver a la guardia civil interrumpiendo el paso. ¡Menos mal que los árboles navideños estaban allí, erguidos y brillantes rodeando la fuente, para mitigar mi descontento!

“No puede pasar, señorita”, me dijo el guardia civil que temblaba de frío. “Siga recto por el paseo del Prado”, señaló. Obedezco y me acerco a la plaza de Neptuno. Veo mucha gente. “¿Habrá ganado el Atlético?”, pienso, pero ese día no había partido. Cuando llego a la fuente, asisto a la misma escena: los guardias civiles, ordenados por Carmena, estaban cortando la entrada al centro. La historia se repitió en Cibeles donde miré al ayuntamiento y elevé una oración a la alcaldesa. No me explicaba cómo dos de las vitales arterias de la ciudad, Atocha y Gran Vía, podrían estar cortadas en estas fechas.

Como estaba media hora tarde decidí dejar el coche en algún sitio cerca del Retiro y caminar. Me felicitaba a mi misma por haber elegido las botas planas a las de tacón y por haber estado más abrigada de lo que diariamente acostumbro. Entre semáforos y manadas de transeúntes enloquecidos tardé otra media hora en llegar. En mi solitario andar fui testigo de cómo los turistas acarreaban sus maletas de un lado otro, de cómo se deslomaban los descargadores para cumplir con su trabajo y de lo vació que estaban los aparcamientos. Seguro perdieron mucho dinero. Cuando abracé a mi amiga estaba transpirada y sin aliento. ¡Qué horror! Le dije que teníamos que caminar para salir del centro y coger nuevamenre el coche para ir al sitio que teníamos planeado. Nuestro té se había atrasado dos horas y media y lo dejamos. Más tarde fuimos a cenar y a la vuelta tuve que dejarla en la boca de un metro para que llegue sola, en medio de la noche, a su hotel.

Similar situación volvimos a vivir ayer. Jueves, 8 de diciembre, día de la Inmaculada. Aunque salí más temprano y pedí a Virginia que me esperara fuera del casco antiguo, el plan no salió bien. Nos perdimos. Dí cinco vueltas al barrio del museo del Prado hasta que finalmente la encontré entre la multitud que iba y venía desesperada. Me sentí un personaje de la historia  Del Cañón de Gran Vía que contó Alfonso Ussía, con una gigante Manuela Carmena como titiritera malvada que se reía a carcajadas de la desgracia de la gente. Virginia no disfrutó mucho su llegada a Madrid ni la odisea de llegar a un sitio, creo que tiene ganas de ir a Londres y hace bien.

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Guardias civiles impidiendo la circulación en la calle de Atocha de Madrid

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