Es más fácil decir xenófobo que reparar la cuna del problema

Estoy cansada de escuchar y leer “es un  xenófobo”. Parece que se ha convertido en la muletilla del lenguaje que tiene el poder de elevar el alma al cielo sin pasar por el purgatorio. Amén. Pero,  ¿realmente basta con entonar estas palabras mágicas para mejorar el mundo? ¿Es suficiente adornar ayuntamientos con pancartas que dan la bienvenida a los refugiados como si fueran ornamentos para embellecer la ciudad?

Cada vez que abro los periódicos leo sobre xenofobia. Le Pen en Francia es xenófoba. Salvini en Italia es xenófobo. Hofer en Austria es xenófobo. Trump en los Estados Unidos es xenófobo. May en el Reino Unido es xenófoba. Y así, un largo etcétera. Algunos de ellos ganaron las elecciones, otros quedaron segundos y otros se disputan en las las primarias de sus respectivos países. Evidentemente hay gente que los apoya, pero ¡cuidado! seguro se trata de más xenófobos. Los que temen ir al infierno dirán que la mitad de los Estados Unidos que apoyaron al empresario inmobiliario es xenófoba, también la mitad del Reino Unido del lado de  May, también los seguidores de Hofer, los de Le Pen y de Salvini.  Eso sí, en España, por ejemplo, los mismos que recitan esas frases son los que se quejan de “tantos chinos” y de “tantos moros” en la calle. Pero, en fin, eso no viene a mi tema de hoy.

Me quiero enfocar en el programa de los líderes políticos y en los grandes números. El mundo hipócrita se conmovió y reaccionó cuando Donald Trump dijo que construirá un muro para frenar la inmigración ilegal. Los que defienden la ilegalidad, por supuesto, no estaban de acuerdo con ninguna medida. Pero lo que más me llamó la atención fueron las piedras que le arrojaron los ciudadanos europeos, mexicanos y argentinos -entre otros- cuando también sus estados cuentan con grandes muros y cercos con el mismo objetivo, pero no parecen causar tanta polémica. No es una justificación, pero vale la pena indicarlos. En la ciudad española de Melilla encontramos una inmensa valla, alzada hace años para evitar la entrada de los desafortunados africanos. Mexico, la pobre víctima de Estados Unidos, levantó un muro en su frontera sur con el fin de impedir que los guatemaltecos ingresen a los Estados Unidos Mexicanos. Hungría, ante la avalancha de refugiados y de otros inmigrantes que migraban a Europa en busca de una vida mejor, alambró la frontera para detenerlos. Argentina edificó un muro entre tierras misioneras y paraguayas, y la ciudad de Buenos Aires irguió un muro para aislar la villa 31 del aristocrático barrio de la Recoleta. Podría continuar con más casos, pero tampoco es la meta de mi reflexión.

Las paredes de las casas y los cercos de los campos siempre han servido de protección. La pregunta es: ¿Está Europa o Estados Unidos o México o la Recoleta o Melilla amenazada por la inmigración? Me atrevo a decir que el problema no es la condición de inmigrante sino que el sistema no está preparado para recibir, organizar y dar trabajo a tantas personas. Un sistema colapsado genera caos, y el caos, inseguridad. Señalamos de xenófobos a las naciones que se han desarrollado y que ofrecen trabajo a sus nacionales – y aún así hay muchos en paro – y a muchos inmigrantes legales, entre los que me incluyo. No estoy en contra de ayudar -ruego que no se me tome de esa manera- pero no creo que defender la ilegalidad o colapsar el sistema sirve -ni servirá- para mucho. Hay cientos de miles de inmigrantes, que si no han muerto ahogados cruzando los mares, o de sed y hambre recorriendo kilómetros, llegaran a Europa o Estados Unidos para que estos les ofrezcan un pescado pero no una caña de pescar. El problema es que tarde o temprano los peces se acabarán. Y aunque aún hoy no se hayan acabado ¿qué pasa con el resto de ellos, aquellos que no pudieron ni podrán llegar a ese ansiado primer mundo?

Alfonso Rojo publicó unos datos en Al Rojo Vivo (La Razón) que merecen atención. En 2050, Europa, con sus índices actuales de natalidad, rondará los 500 millones de habitantes, de los que el 40% formarán parte de lo que se denomina tercera edad. En esa misma fecha, Nigeria tendrá 400 millones de habitantes; el Congo, más de 200 millones; Etiopía, 170 millones; Camerún, más de 50millones; y así desde  Egipto a Guinea y desde Tanger a Ciudad del Cabo. Antes de que concluya el siglo, Africa superará a Asia en población y no parece que esa explosión demográfica vaya acompañada de ningún boom comercial chino, del desarrollo tecnológico japonés o de la industrialización coreana. ¿Qué será de las vidas de tanta gente pobre, sin educación y que no puede emigrar? Africa, sin dudas, es un gran exponente de esta situación pero no es la única. En varios lugares de America Latina se sufre de igual manera. En la región de donde yo provengo, el norte de Argentina, se convive con mucha miseria y un sistema de salud y educativo precario -casi inexistente- y la distancia geográfica con el hemisferio norte es abismal para que la gente pueda emigrar. ¿Es emigrar la solución a estos problemas? Por supuesto que no. Los que se juegan la vida por emigrar son solo unos pocos de la población que sufre. Solo es el intento de unas personas desesperadas.

Voy a concluir diciendo que defender la entrada ilegal de personas no corrige ningún defecto del sistema. Lo empeora. Soy partidaria de que las soluciones deben ser buscadas en el lugar de origen. Es imposible solucionar un problema global si no se ataca la cuna del asunto. Si cada estado se esforzara en depurar su sistema y aquellas naciones más poderosas, saneadas internamente, pudieran ayudar a las más desfavorecidas con ayudas directas o a través de organizaciones, las cosas funcionarían mejor. Vanagloriarse de ser los buenos y fanfarronear de que alimentamos a tres indigentes por un par de días no aporta nada a la solución de la cuestión. Dejemos eso a las señoras de guante y sombrero que van a misa. La pobreza de los países tercermundistas -de donde vengo- tiene origen en su forma de pensar. En la educación. 

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Inmigrantes ilegales encaramados en las vallas de Melilla

“Mirar hacia adelante”, el consejo del piloto

“¡Buen día!”, empezaba diciendo el mensaje que el piloto Gustavo Encina publicó en su cuenta de Instagram un día antes de despegar el vuelo que lo llevó a él y a otras 70 personas a la muerte. “¿Hacia donde miras en tu vida? ¿Hacia atrás o hacia adelante?“, continuaba la nota. Encina era una persona creyente y aquél último mensaje invitaba a sus interlocutores a acercarse a Cristo: “Que el Señor te de la gracia de soltar las cosas, aún aquellas que consideras preciosas en esta vida y te permita mirar hacia adelante…”.

Soy una persona que proviene de una familia católica pero que en el período de mi autoconocimiento me acerque a la iglesia de los adventistas del séptimo día donde aprendí muchos hábitos saludables para cuidar la unidad cuerpo y alma, y también otras doctrinas que me parecían más humanas y efectivas que las celebraciones y procesiones de las que yo provenía. No obstante mis ganas de conocer más de la cuenta y de preguntarme por ciertas cuestiones que iban más allá de lo socialmente suficiente en mi pueblo, me inclinó por la filosofía. Ya no me conformaban las respuestas fáciles, ni dejar el rumbo de mi destino a la viento de la iglesia. Una profesora de ciencias me enseño a pensar. Más tarde me mudé del pueblo a la ciudad y de Sudamérica a Europa y desde entonces no paré de viajar. Visitar distintas comunidades y culturas del mundo me hizo acentuar más mi perspectiva crítica sobre los credos y amar más la diversidad. Conocí otros dioses, o quizás el mismo, pero con nombres y vestiduras distintas.

Aún así, entre sus diferencias había algo en común: eran buenos. Todos ellos eran fuente de esperanza, de misericordia y de consuelo. Allí entendí que no importa a qué dios nos dirigimos cuando miramos el cielo, lo que importa es que ese dios nos inspire a ser mejores personas y nos dé la fuerza que necesitemos para enfrentar esta vida que es corta y a veces, incluso, más corta de lo que proyectamos.

El piloto dejó escrito un valioso consejo antes de despegar su vuelo eterno. Si lo que acarreamos en nuestra vida es un peso que nos impide mirar hacia adelante, hay que dejarlo caer. Si caminamos nuestros caminos de espaldas, jalando de lo que hemos construido, es tiempo de soltarlo. Hoy es el momento de erguir nuevamente la columna, girar 180º y mirar hacia adelante. Como el pasado ni el futuro existen, hoy es el día para observar, para contemplar el horizonte y para redescubrirnos. Está permitido reinventarse. Es el momento de reescribir nuestra biografía y de trazar un camino distinto. Hoy es el día de dejar de ser los personajes del inexistente destino.

¿Cuántas veces hemos escuchado decir que hoy estamos y mañana no? ¿Cuántas veces nos preocupamos por lo que ocurrirá en diez años y nos olvidamos de atender el presente? Lo qué pasó, pasó, y lo que vendrá, vendrá. Es tan fácil decirlo y tan difícil llevarlo a cabo. Muchas veces somos muy obstinados. Existen obsesiones en la vida que, cual talentoso mago, hipnotizan. Nos cierran los ojos y manipulan a su antojo. Muchas veces deseamos tanto algo que nos olvidamos de lo que tenemos y a quienes tenemos. Nos concentramos desmedidamente en un supuesto destino  que, cual caballo con anteojera, no vemos otra cosa más que el sendero que marca el cochero.

Mi reflexión de hoy, gracias a las palabras de Gustavo Encina, es sobre lo valioso que es voltear y mirar hacia adelante sin esperar que eso a lo que llamamos destino nos lo indique. Cada uno de nosotros es el autor de su propia vida, y como creadores de cada uno de nuestros capítulos, podemos cambiar el curso de la historia cuando lo necesitemos. Es cierto que no existe nada del pasado que se pueda modificar, pero para eso tenemos el presente. ¡Aleluya!   La decisión la debemos tomar hoy, y no olvidemos que este presente será el pasado que detestaremos, o que amaremos, mañana.

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El Chapecoense subiendo al avión donde el piloto Gustavo Encina se desempeño como operador técnico del vuelo.

 

Posturas frente a la muerte de Fidel Castro

“¡Fidel Castro está muerto!”, exclamó Donald Trump en su cuenta de Twiter el sábado pasado, y realmente lo estaba. El presidente Raul Castro comunicó que su hermano había fallecido el viernes 25 de noviembre  a las 10.29 Hs. de la noche.

Hace 10 años y luego de haber gobernado Cuba por 47 años de forma ininterrumpida, Castro abandonó el poder por razones de salud. Entonces, Raul Castro tomó el mandato provisionalmente y dos años después, en 2008, lo sucedió formalmente como presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros. Desde entonces Fidel se convirtió en una especie de tutor y vigilante del régimen. Una autocracia que se enfrentó y vio desfilar a diez presidentes elegidos democráticamente en los Estados Unidos, de Dwight Eisenhower hasta Barak Obama.

Mandatarios de estados y portavoces de partidos políticos dedicaron palabras a Castro en sus cuentas de Twitter. Otros, como la primera ministra británica, Teresa May, optaron por el silencio. El presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, como el presidente de la República Argentina, Mauricio Macri; y Mariano Rajoy, presidente de gobierno de España, fueron algunos de lo que se ajustaron a lo políticamente correcto y enviaron sus condolencias a las autoridades cubanas. “Condolences following the death of Fidel Castro”, escribió Putin.

Otros, en cambio, lo han idolatrado. Es el caso de Pablo Iglesias, el secretario general de Unidos Podemos (España), que se refirió a Castro como el “referente de la dignidad latinoamericana”. La expresidente de Argentina, Cristina Fernandez de Kirchner, utilizó las palabras “ejemplo de dignidad y soberanía” y acompaño su twit con una foto del expresidente cubano agitando la bandera nacional. Kirchner rindió homenaje a Castro concurriendo a un acto en la embajada de Cuba en Argentina. Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, por su parte, viajó a Cuba y entonó un discurso donde recordó la hermandad entre la revolución cubana y la revolución bolivariana, puso a Castro al lado de Chavez y dijo: “Ahora nos toca a nosotros. Fidel se queda invicto entre nosotros”. Su cuenta  de Twitter está plagada de comunicados. Hay trozos de sus discursos políticos sobre la muerte de Castro, publicaciones de la prensa presidencial elogiando el régimen cubano,  retratos de Fidel y fotos del funeral de quien fue uno de los grandes personajes políticos del siglo XX.

El presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, dejó de lado -como de costumbre- lo políticamente correcto y exclamó, liza y llanamente, que Fidel Castro estaba muerto. El empresario inmobiliario ha demostrado, una vez más, que a él le resulta mejor decir lo que piensa exactamente, que llenar de adornos el lenguaje. “Creo que el gran problema de este país es ser políticamente correcto”, dijo durante el primer debate del partido Republicano emitido por la cadena estadounidense Fox News. Lo cierto es que Trump sabe producir muy buenos titulares.

Personalmente, me quedaré con las palabras twiteadas por líder de Ciudadanos en España.  Albert Rivera señaló que con la muerte de Fidel Castro “se abre una nueva oportunidad para que los cubanos avancen a un nuevo tiempo de reconciliación, libertad y democracia”. Y a propósito, España envió al rey Juan Carlos I al funeral de Castro. Tal vez la representación del monarca en el funeral del mandatario cubano haya sido algo más de lo que una dictadura se merece, como lo indicó Alfonso Ussía en su artículo Cenizas Viajeras, sin embargo don Juan Carlos es un buen ejemplo de la transición hacia la democracia que señala Rivera. Exagerado, tal vez, hubiera sido enviar a Fernando VII.  Es que el interés económico que España tiene en la isla no debería confundirse con elogiar y apoyar las políticas castristas. Una cosa es mostrarse protocolariamente correctos porque existe una relación comercial con Cuba, y otra cosa muy distinta es mostrar interés y apoyo a un régimen dictatorial. “No hay que confundir tener sexo con hacer el amor”, fue la analogía que utilizó Javier Nart, eurodiputado de Ciudadanos, en una entrevista en Espejo Público (Antena 3, España) para referirse al asunto. Estoy de acuerdo.

Me he referido a Fidel Castro como dictador, y muchos coincidirán. No importa cuales hayan sido sus objetivos, al final, su mandato se volvió dictadura. Aquel líder revolucionario que en 1959 encabezó al grupo de guerrilleros bajo el objetivo de derrocar al tirano Fulgencio Batista, desapareció cuando acabaron los conflictos. Luego de salir victorioso, Castro impuso su propio régimen totalitario. Enrique López, en su columna de La Razón, El Ambigú, escribió esta semana: “Por lo general, los revolucionarios de todos los tiempos inician una lucha contra un previo poder tirano para combatir sus consecuencias, pero casi siempre terminan generando similares males”. Lopez cita como ejemplo la Revolución Francesa donde los revolucionarios y el pueblo lucharon contra la monarquía y la nobleza, quienes querían hacerse con el control absoluto y a quienes etiquetaron de corruptos. Luego de sumergir a Francia en un gran caos  político y social, el sueño revolucionario francés cayó en manos de Napoleón. Otro régimen autoritario, otro dictador.

Para terminar, yo me pregunto: ¿Qué se necesita para ser un dictador de primera como Napoleón, Hitler, Mussolini, Franco o Castro? César Vidal, también de La Razón, ofreció siete consejos en El Faro. Primero, dice Vidal, hay que declararse defensor de pobres y oprimidos, sin importar que seas millonario y que tu pueblo pase miserias. Segundo, hay que declarar la guerra al imperialismo yanqui, que siempre viene bien. Tercero, se debe privar al pueblo del fruto de su trabajo. Permitir que el pueblo progrese no suele ser agradecido, explica el columnista, pero reducirlo a la pobreza trae beneficios. Aquellas personas cuya preocupación es qué comer cada día, no suele interesarse por temas políticos. Cuarto, rodearse de buena propaganda y no tratar los temas reales. Si se repite constantemente los ficticios discursos sobre sanidad y educación, la penuria se justifica. Quinto, y muy importante, es educar a los medios y recordar que ante sublevaciones mediáticas siempre es mejor castigar quitando la publicidad institucional, que acudir a los fusilamientos. Sexto, dejarse querer, aunque lo que la gente diga entre por un oído y salga por otro, hay que establecer relaciones. Abrazar papas y reyes está bien visto. Y por último, dice Vidal, hay que insistir en el progresismo. Puede perseguirse a homosexuales o a credos distintos, pero la propaganda debe dejar claro que el régimen progresa.

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Fidel Castro