Welcome to Buenos Aires

El viernes a las 9.30am aterrizó mi avión en el aeropuerto de Ezeiza. “¡Qué calor!”, dije a lo alto apenas puse un pié fuera de la aeronave. Me había olvidado de las altas temperaturas a las que llega Buenos Aires en verano. El proceso de inmigración fue raramente rápido. Usualmente hay una cola larguísima. El problema empezó en la recogida de equipaje. Literalmente todos los pasajeros de mi vuelo estuvimos una hora y media esperando que salieran las piezas por la cinta. Por supuesto no esperaba que se respetara la prioridad de los billetes. Ni si quiera las maletas de la tripulación salieron primeras. El capitán estaba furioso.

Deseaba profundamente abandonar el aeropuerto pero aún debía pasar por SENASA (el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria). Argentina es el único país de los que he visitado que cobra por ingresar y sacar a una mascota del territorio. Y también es el único que no permite que los cachorros caminen por las instalaciones de la terminal. En Europa y en Estados Unidos los animales pasean felices con los pasajeros e incluso tienen áreas cerradas para que puedan correr libremente y hacer sus necesidades después del vuelo. Puedo entender que Buenos Aires no tenga el dinero para invertir en esa comodidad, pero una actitud amable y abierta con los cuadrúpedos no puede hacer tanto daño. “¡Por qué no se preocupan por los verdaderos problemas!”, suelo pensar. Poner obstáculos como éstos solo ahuyenta al turismo.

El remisero que me recomendó mi amiga no me esperó tanto tiempo y se marchó. Fue un verdadero contratiempo porque tenía una mañana planeada que no pudo ser. Al salir de la aduana tuve que buscar un taxi. Me llovieron ofertas: 900, 950, 850 y si seguía esperando los precios podrían haber seguido variando. Me molestaba saber que el remís me iba a cobrar 380 pesos argentinos y que los taxistas cobraban lo que les parecía. Otra imagen negativa para los que vienen a dejar dinero en nuestro país. Ya montada en el coche y llegando a Puerto Madero, otro taxi frenó al lado de nosotros en el semáforo. En el ventanilla trasera ponía “Fuera Uber”. ¡Qué gracioso! Yo pensaba que Uber no existía en Argentina y no lo utilicé. Tal vez con un poco de competencia como esa los taxistas se esforzarán en brindar un mejor servicio y respetarán más a los viajeros.

Lo mismo debería suceder con Aerolíneas Argentinas. Los que combinan vuelos internacionales con cabotajes sabrán lo incómodo que es cambiar de aeropuerto. Para llegar de Ezeiza a Aeroparque hay que atravesar la ciudad. Yo personalmente opto por quedarme un día en Buenos Aires antes de tomar el siguiente, aunque me lo estoy replanteando. No vendría mal un servicio de autobús – de la aerolínea o de Aeropuerto Argentina 2000 – que conectara ambos aeropuertos. Supongo que el mal servicio tiene que ver con el monopolio de la compañía. Aerolíneas es la única empresa que vuela a Chaco y a Corrientes (y a la mayoría de las provincias) y sus tarifas son altísimas comparadas con trayectos similares en otros países. Los kilos de equipaje permitidos por persona son 8 kilos menos que los 23 kilos que permiten la mayoría de las empresas aéreas (no las de bajo coste) y su personal de tierra parece estar forzado a trabajar porque derraman antipatía desde la facturación hasta el abordaje. Otra cosa: ¡LLevar a Matilda en cabina me costó casi lo mismo que un segundo pasaje! ¡Y ni si quiera ocupa otro asiento! Es más de lo que vale traerla de España o Miami. Una locura. No voy a decir nada de las galletitas y los dulces que te dan a bordo ¡Qué asco y encima poco saludable! Al final lo dije.

Lo último que les voy a contar es sobre las cafeterías. Como sabrán, con las medidas de seguridad de los aeropuertos no se puede ingresar al área de embarque con líquidos y beber es una de las acciones más naturales que hacen los viajeros. Los quioscos de los aeropuertos de Buenos Aires no venden agua porque las botellitas de 400cc son monopolio de la cafeterías. La cafetería Havanna las vende a 45 pesos (casi 3 dólares americanos), el 300% de su valor en quioscos. ¡Y no las podes comprar en otro sitio, ni siquiera en una maquina expendedora! En Aeroparque me senté a tomar un café en otro Havanna. Quería la tarta de calabacín del manú, pero a las 9 de la mañana ya se habían quedado sin ella. Tomé un sandwich tostado de jamón y queso en su lugar. Luego me apetecía un latte café en vaso de vidrio pero la desabrida camarera respondió que solo “venían en tazas”. Si los cafés no vienen preparados, me pregunto: ¿es tan difícil coger uno de los tantos vasos amontonados en la repisa y prepararlos o descargarlos en uno de vidrio? Tampoco le importó que le haya pedido media medida de café de lo que normalmente lleva. El latte vino oscurísimo como un café con leche normal. En mis años de Marketing aprendí que hay que escuchar y satisfacer lo que el cliente quiere para hacer que regrese. Eso aquí no existe. ¿Tendrá que ver con que las propinas están incluidas en el precio o no existen, o simplemente es la falta de opciones? Espero no volver a tener hambre en el aeropuerto. Lo único que puedo rescatar de bueno -hasta ahora- es que dentro del área de embarque no tengo que preocuparme de que me roben el bolso como en el Starbucks de Puerto Madero donde implementaron unos ganchos para evitar hurtos dentro del local ¡Qué estrés!

Deseo que el 2017 sea el año para mejorar. ¡Feliz 1.º de enero!

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Starbucks de Puerto Madero, Buenos Aires

Es más fácil decir xenófobo que reparar la cuna del problema

Estoy cansada de escuchar y leer “es un  xenófobo”. Parece que se ha convertido en la muletilla del lenguaje que tiene el poder de elevar el alma al cielo sin pasar por el purgatorio. Amén. Pero,  ¿realmente basta con entonar estas palabras mágicas para mejorar el mundo? ¿Es suficiente adornar ayuntamientos con pancartas que dan la bienvenida a los refugiados como si fueran ornamentos para embellecer la ciudad?

Cada vez que abro los periódicos leo sobre xenofobia. Le Pen en Francia es xenófoba. Salvini en Italia es xenófobo. Hofer en Austria es xenófobo. Trump en los Estados Unidos es xenófobo. May en el Reino Unido es xenófoba. Y así, un largo etcétera. Algunos de ellos ganaron las elecciones, otros quedaron segundos y otros se disputan en las las primarias de sus respectivos países. Evidentemente hay gente que los apoya, pero ¡cuidado! seguro se trata de más xenófobos. Los que temen ir al infierno dirán que la mitad de los Estados Unidos que apoyaron al empresario inmobiliario es xenófoba, también la mitad del Reino Unido del lado de  May, también los seguidores de Hofer, los de Le Pen y de Salvini.  Eso sí, en España, por ejemplo, los mismos que recitan esas frases son los que se quejan de “tantos chinos” y de “tantos moros” en la calle. Pero, en fin, eso no viene a mi tema de hoy.

Me quiero enfocar en el programa de los líderes políticos y en los grandes números. El mundo hipócrita se conmovió y reaccionó cuando Donald Trump dijo que construirá un muro para frenar la inmigración ilegal. Los que defienden la ilegalidad, por supuesto, no estaban de acuerdo con ninguna medida. Pero lo que más me llamó la atención fueron las piedras que le arrojaron los ciudadanos europeos, mexicanos y argentinos -entre otros- cuando también sus estados cuentan con grandes muros y cercos con el mismo objetivo, pero no parecen causar tanta polémica. No es una justificación, pero vale la pena indicarlos. En la ciudad española de Melilla encontramos una inmensa valla, alzada hace años para evitar la entrada de los desafortunados africanos. Mexico, la pobre víctima de Estados Unidos, levantó un muro en su frontera sur con el fin de impedir que los guatemaltecos ingresen a los Estados Unidos Mexicanos. Hungría, ante la avalancha de refugiados y de otros inmigrantes que migraban a Europa en busca de una vida mejor, alambró la frontera para detenerlos. Argentina edificó un muro entre tierras misioneras y paraguayas, y la ciudad de Buenos Aires irguió un muro para aislar la villa 31 del aristocrático barrio de la Recoleta. Podría continuar con más casos, pero tampoco es la meta de mi reflexión.

Las paredes de las casas y los cercos de los campos siempre han servido de protección. La pregunta es: ¿Está Europa o Estados Unidos o México o la Recoleta o Melilla amenazada por la inmigración? Me atrevo a decir que el problema no es la condición de inmigrante sino que el sistema no está preparado para recibir, organizar y dar trabajo a tantas personas. Un sistema colapsado genera caos, y el caos, inseguridad. Señalamos de xenófobos a las naciones que se han desarrollado y que ofrecen trabajo a sus nacionales – y aún así hay muchos en paro – y a muchos inmigrantes legales, entre los que me incluyo. No estoy en contra de ayudar -ruego que no se me tome de esa manera- pero no creo que defender la ilegalidad o colapsar el sistema sirve -ni servirá- para mucho. Hay cientos de miles de inmigrantes, que si no han muerto ahogados cruzando los mares, o de sed y hambre recorriendo kilómetros, llegaran a Europa o Estados Unidos para que estos les ofrezcan un pescado pero no una caña de pescar. El problema es que tarde o temprano los peces se acabarán. Y aunque aún hoy no se hayan acabado ¿qué pasa con el resto de ellos, aquellos que no pudieron ni podrán llegar a ese ansiado primer mundo?

Alfonso Rojo publicó unos datos en Al Rojo Vivo (La Razón) que merecen atención. En 2050, Europa, con sus índices actuales de natalidad, rondará los 500 millones de habitantes, de los que el 40% formarán parte de lo que se denomina tercera edad. En esa misma fecha, Nigeria tendrá 400 millones de habitantes; el Congo, más de 200 millones; Etiopía, 170 millones; Camerún, más de 50millones; y así desde  Egipto a Guinea y desde Tanger a Ciudad del Cabo. Antes de que concluya el siglo, Africa superará a Asia en población y no parece que esa explosión demográfica vaya acompañada de ningún boom comercial chino, del desarrollo tecnológico japonés o de la industrialización coreana. ¿Qué será de las vidas de tanta gente pobre, sin educación y que no puede emigrar? Africa, sin dudas, es un gran exponente de esta situación pero no es la única. En varios lugares de America Latina se sufre de igual manera. En la región de donde yo provengo, el norte de Argentina, se convive con mucha miseria y un sistema de salud y educativo precario -casi inexistente- y la distancia geográfica con el hemisferio norte es abismal para que la gente pueda emigrar. ¿Es emigrar la solución a estos problemas? Por supuesto que no. Los que se juegan la vida por emigrar son solo unos pocos de la población que sufre. Solo es el intento de unas personas desesperadas.

Voy a concluir diciendo que defender la entrada ilegal de personas no corrige ningún defecto del sistema. Lo empeora. Soy partidaria de que las soluciones deben ser buscadas en el lugar de origen. Es imposible solucionar un problema global si no se ataca la cuna del asunto. Si cada estado se esforzara en depurar su sistema y aquellas naciones más poderosas, saneadas internamente, pudieran ayudar a las más desfavorecidas con ayudas directas o a través de organizaciones, las cosas funcionarían mejor. Vanagloriarse de ser los buenos y fanfarronear de que alimentamos a tres indigentes por un par de días no aporta nada a la solución de la cuestión. Dejemos eso a las señoras de guante y sombrero que van a misa. La pobreza de los países tercermundistas -de donde vengo- tiene origen en su forma de pensar. En la educación. 

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Inmigrantes ilegales encaramados en las vallas de Melilla