La Super Bowl desde Miami

Si mis conocimientos de “soccer”(fútbol europeo) son limitados habiendo nacido en el país de Messi y vivido en la ciudad del equipo de Ronaldo, quiero decirles que mi  sabiduría sobre “american football” es completamente nula, sin embargo ayer he pasado una noche estupenda mirando la Super Bowl.

Una tarde de domingo en Miami es sinónimo de “pool party”. La gente se despierta relativamente tarde para desayunar y engancha directamente con el almuerzo. Lo que comúnmente se conoce como “brunch”. Luego, la fiesta continúa en la piscina hasta el atardecer. No obstante, las piscinas se vaciaron más temprano ayer y la gente se ubicó alrededor de los televisores para ver el evento más visto de los Estados Unidos.

A las seis de la tarde salí del Nautilus Hotel donde se celebraba la fiesta y me junté con mis amigos en la sala de bolos del hotel Edition de Miami Beach. El sitio estaba en el subsuelo del hotel, había una pantalla gigante y otros monitores más pequeños para ver el juego, cuatro pistas de bolos, y un par de mesas que enseguida se llenaron de comida y bebidas. Aunque nunca había jugado a los bolos, hice mi primer strike en mi tercera jugada. Pero fue el único, luego perdí.

Empezó el esperado juego de la NFL y comenzaron las tensiones en los rostros de mis amigos. Uno de ellos había apostado $5,000 en que ganaban los Patriots y otro, más conservador, se jugó $1,000 a favor de los Falcons. La primera mitad del juego fue bastante aburrida. Se veía una victoria abrumadora de Atlanta y una New England que no lograba remontar. La cara del chico que apostó los 5 “grands” parecía caerse a pedazos. Su adversario, por el otro lado, no paraba de reír.

Mientras a los demás solo les importaba el partido, yo estaba ansiosa por ver a Lady Gaga en el entretiempo. ¡Estuvo espectacular! Tal vez uno de sus “out-fits” estaba algo apretado, pero ella es increíble así que fue lo de menos. ¡Qué lindo show!

Para mi sorpresa, la segunda parte del juego resulto muy emocionante. Los Patriots se despertaron en el último cuarto y alcanzaron los 25 puntos que le separaban de los Falcons. Iban 28-3. Quedaron empatados. Huston y todo Estados Unidos no lo podía creer. Por primera vez en la Super Bowl recurrieron al tiempo extra. La suerte, una vez más, estuvo del lado de New England con la moneda, empezaron con la pelota y con un poco de esfuerzo se hicieron con la victoria.

Tom Brady, el quarterback de los Patriots, fue la estrella de la noche. ¿Se puede ser más perfecto? Un atleta fenomenal, guapo, alto y extioso en su carrera. ¡Qué afortunada es Gisele Bündchen! En fin, creo que le estoy tomando el gusto al famoso fútbol americano.

Tom Brady

New England Patriots’ Tom Brady raises the Vince Lombardi Trophy after defeating the Atlanta Falcons in overtime at the NFL Super Bowl 51 football game Sunday, Feb. 5, 2017, in Houston. The Patriots defeated the Falcons 34-28. (AP Photo/Darron Cummings)

 

 

 

 

Amanecer en Miami

Ver salir el sol detrás del océano Atlántico es una experiencia bellísima. ¡Qué afortunada soy de poder verlo cuando quiero! Me levanto cada mañana cuando aún es oscuro. Me visto rápido, paseo a Matilda, regreso a casa y salgo a correr antes que el cielo empiece a aclarar. Comienzo la carrera entre la 1st court y la 7th street -justo debajo del paso del tren-, continúo por la 7 hasta Brickell avenue, doblo en la 8, cruzo el puente hasta Brickell Key y doy dos vueltas a la pequeña isla. En el segundo giro es cuando usualmente ocurre la maravilla. El sol brillante, casi rojo, se asoma por el horizonte. Toda la bahía azul que separa a Miami de Miami Beach, con Fisher Island a lo lejos, se llena de amarillos y naranjas. Así amanece.

Esta mañana fue muy reflexiva. El regreso a casa desde la isla lo hice trotando automáticamente mientras mi mente se ocupaba de otras cosas. Iba tan concentrada en mis pensamientos que ni si quiera recuerdo la música que sonaba en mi iTunes. Empecé recordando Portugal, el estado más occidental de Europa. Cuando vivía en Sevilla, conduje hasta allí por primera vez. Un par de años más tarde, ya asentada en Madrid, volé a Lisboa. La capital no me impactó tanto como esperaba, pero la playa más próxima, Carcavelos, era preciosa. Ambos viajes tuvieron una cosa en común: había visto los atardeceres más bonitos de mi vida. El sol desaparecía detrás del Atlántico creando una amplia gama de rojos y violetas. Las aguas parecían llenarse de lavas de fuego. Y luego, la oscuridad de la noche absorbía el último rayo de luz. Hoy me resulta gracioso pensar que ese mismo sol que se escondía radiante es el mismo que aparece unas horas más tarde del otro lado del mar en las costas de Florida. El mismo que hoy alegra mis mañanas.

Mientras seguía corriendo en modo automático, el segundo pensamiento que me mantuvo ausente de la realidad fue el partido del Miami Heat de ayer. Mientras cruzaba por el nuevo Brickell City Center, me decía a mí misma que seguramente el amanecer de hoy no habrá sido tan placentero para los jugadores de los Heat como lo sido para mí -si es que ya se han despertado, claro-. Anoche perdieron contra los Oklahoma City Thunder por doce puntos (106-94) como continuidad de una temporada que no parece ser la suya. Yo había llegado al American Airlines arena justo antes de que empiece el partido. Tomé mi lugar y disfruté del show. Hacía mucho que no iba a un juego. La partida comenzó con la ventaja de los Thunder y los Heat no pudieron hacer nada para invertir la situación durante los cuatro cuartos. Cada vez que los rojiblancos parecían acercarse, los azules se las arreglaban para dejarlos atrás por al menos diez puntos. Iba con la ilusión de ver lo mejor de Hassan Whiteside pero creo que no fue la noche en la que el gigante de 2.13 metros hizo uso de sus habilidades. Russell Westbrook fue la estrella de la noche.

En fin, percibir la belleza del amanecer, por muy objetivo que parezca, tiene mucha carga subjetiva. Las vivencias de las personas y el pasado inmediato influyen muchísimo. Llegué a mi punto de partida 35 minutos después como de costumbre. Mi RunKeeper me indicó que corrí 3 millas. Estiré mis músculos a orillas del Miami River, me duché y acabé desayunando en Toasted Bagelery and Deli donde empecé a escribir este texto.

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Próximo capítulo: Miami

El tiempo de vuelo para llegar a Miami es de 1 hora y 45 minutos, unos 1.783 kilómetros de distancia. No pensaba en abrir mi ordenador para escribir durante el viaje, pero lo he hecho. La altitud actual es de 37.000 pies y Matilda está tranquila en su transportín. Usualmente la tengo dando guerra encima de mis piernas, interponiéndose entre mí y mi lectura o entre mí y la película del día.

Tengo a due ragazzi di Venezia viajando a mi lado. Pero, a pesar de poder escribir esas cuatro palabras en italiano, mi conocimiento de la lengua vecina es lo suficientemente escaso como para poder entablar una conversación fluida. Creo que son pareja y sé que van a Miami a visitar a una amiga. El que comparte el reposa brazo conmigo me hizo reír mucho -mentalmente- cuando reportó a la aeromoza que su telefonillo (un tuvo de teléfono que se encuentra en el reverso del mando de la pantalla) no funcionaba y no podía llamar a su familia en medio del Atlántico. El wifi de pago ya existe en algunos vuelos, pero de ahí a contar con un servicio telefónico gratuito a bordo, el tano tendrá que esperar un poco más.

Del otro lado del pasillo, van sentadas dos chicas. Aparentan entre 16 y 18 años. Su padre las vigila desde el asiento trasero. Una lleva unas gafas graciosas y los ojos cubiertos por una sombra oscurísima. Entre las penumbras de la cabina, puedo afirmar que su maquillaje a sobrevivido. Ha estas horas del vuelo, yo seguro lo tendría hecho un desastre. Las dos niñas son rubias y hablan un idioma que no identifico. Tal vez ruso. La que va sentada cerca de la ventanilla no lleva nada en los ojos, pero se ha hecho una linda trenza para las nueve horas de vuelo. Muy bien por ellas. Yo me fui a la cama tan tarde anoche, luego de empacar, y me desperté tan temprano para ir al aeropuerto esta mañana que a penas dormí un par de horas. Estaba muerta de cansancio. Solo recuerdo haberme cepillado los dientes antes de ponerme este conjunto deportivo que llevo. Suelto y cómodo. Nada más. Si me peiné, fue por inercia.

Sentada aquí, esperando a que sirvan la merienda -o el desayuno, ya no sé- sigo pensando en lo interesante que me resulta reflexionar sobre las numerosas historias que se entrecruzan en un aeroplano. Pensar que cada una de estas personas tiene un libro de vida tan distinto al resto pero que sin embrago hoy, a la misma hora, todos teníamos algo en común. Hacer este viaje. Antes de despegar, mientras esperaba que el resto de los pasajeros tomaran su asiento, veía desfilar por el pasillo a cada persona y me imaginaba una historia para cada una. Algunas van de vacaciones o a celebrar Navidad, otras vuelan por negocios, algunas regresan de su visita a Europa u otro sitio más lejano, están los que hacen escala en Miami pero siguen hacia otro destino y estamos lo que dejamos atrás un capítulo de nuestras vidas para comenzar uno nuevo.

No recuerdo dónde leí esta frase, pero me gusta mucho: “Piensa tu vida como capítulos y no como un libro terminado”. Mi primer capítulo lo viví desde que nací hasta que terminé la escuela secundaria en el pueblo donde aún viven mis padres y el resto de mi familia. De hecho, iré a pasar la noche vieja y la primer semana del 2017 con ellos. Buenos Aires fue el escenario del segundo capítulo de mi historia y cada vez que lo repaso, recuerdo mis días de jazz y ballet en los estudios de danza de la ciudad porteña. Luego crucé por primera vez el océano Atlántico y la línea del Ecuador con destino a España. El capitulo tercero lo escribí en Sevilla; el quinto, algo más corto, en Marbella; y el sexto, en Madrid. Luego de cuatro años en la capital de la península ibérica, con mi grado en periodismo terminado, he decidido redactar el capítulo siguiente en los Estados Unidos. Todo cambio acarrea consigo inseguridades, cosas que no se saben y otras que si. Sé, por ejemplo, que me voy de España justo cuando la situación económica parece estar mejorando: el paro se reduce, los bancos vuelven a dar créditos y se activa el consumo. No fue hace mucho que vi las primeras grúas volviendo a trabajar. Y también sé que me mudo a un país donde el presidente electo siembra muchas incertidumbres. No sé infinitas cosas, pero lo importante es saber que como autora de mi propia vida, siempre puedo empezar un nuevo capítulo.

Otra cosa, ¡Feliz Navidad!

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