Quien es cruel con los animales no puede ser buena persona

¡Qué los cumplas feliz! ¡Qué los cumplas feliz! Qué los cumplas, Matildita… ¡qué los cumplas feliz! No podía dejar pasar este día, 12 de diciembre, sin mencionar el cumpleaños de mi inseparable compañera. Es verdad que pesa apenas 1.4kg., que está cubierta de pelos rojizos y que no pertenece a mi especie, pero eso no quita que seamos grandes amigas.

Vengo de una familia que ama los animales. Mi mamá tiene su perrita, una mezcla de pequinés con schanauzer, llamada Mía. Mi hermano, tiene su mezcla de dogo y bóxer, Popeye; y mi papá es también el papá de Blanca, una dogo-argentino. No quiero olvidar a mi abuela, que hospeda y da de comer a cada cuadrúpedo que la visita. Describir a mi familia de esta manera me recuerda a los daimonions de la trilogía La Materia Oscura de Philip Pullman, o de  la película inspirada en ella, La Brújula Dorada. En la ficción, un daimonion es el alma de la persona que habita fuera de su cuerpo en forma animal.  Cada uno tiene el suyo, y ambos son inseparables.

Tener una mascota es una de las cosas más lindas que os puede pasar. El escritor francés Anatole France dijo: “Hasta que uno no ha amado un animal, una parte del alma sigue sin despertar”. Tiene mucha razón. Matilda ha despertado sentimientos profundos en mí -como la ternura- que parecían haberse quedado dormidos mientras hacía uso de otros -como la tenacidad- para enfrentar la -a veces- brusca vida. Mi “diablito”, como su padre y yo la llamamos, me ayudó a bajar la velocidad en que había puesto mi carrera, me enseñó a disfrutar de un paseo por el parque y me empujó a  conversar con personas que jamás imaginé que podía haber hablado. Siempre aprendo  algo nuevo con ella. Sobre todo, es un ejercicio constante de responsabilidad.

A cambio de las muchas gratificaciones que nos regalan nuestras mascotas, solo piden que les cuidemos. Y confían en nosotros. En mi casa, siempre lo hemos tenido claro. Mía es epiléptica desde hace unos años pero hoy, gracias al cuidado de mi madre y al amor de toda la familia, se encuentra mejor. Yo suelo llevarle unas pastillas para la epilepsia que me receta el veterinario de Matilda cada vez que viajo a Argentina. En mi pueblo no hay.

Popeye también tuvo lo suyo. Hoy es un perro fuerte y vivaz, pero casi murió cuando apenas tenía unos meses. “El perro que venció a la muerte”, escribió mi hermano hace poco en su Facebook. Su desgracia fue causada por un virus y un servicio veterinario que claramente está peor que el servicio médico de humanos en el noreste argentino. Una de las pocas imágenes que tengo de mi hermano llorando fue mientras trataba de salvar la vida de su cachorro. En mi casa se turnaban por las noches para vigilarlo y darle la medicación. Se salvó con esfuerzo y amor.

Matilda, para no ser menos, se rompió su pata derecha cuando era un bebé, la operaron dos veces y hoy corre más que cualquier otro perro del parque. ¡Es que es muy ágil la liebre! Una liebre, justamente parece eso, un conejo salvaje corriendo y saltando por los campos. Cuando llegamos a casa está exhausta y ni bien la subo a la cama, se ubica para dormir en el espacio que queda entre mi pecho, mi vientre y mis piernas en posición fetal. Y si estoy boca arriba, se desploma directamente sobre mi estómago. Y es ahí cuando pienso: “¡Cuánta confianza!”. ¿Lo han pensado? Sus mascotas se duermen con vosotros porque saben que no le harán daño. Confían en ustedes. Es un pensamiento que me hace cerrar los ojos con una sonrisa.

Hoy, cuando Matilda sople las dos velitas de su su segundo cumpleaños, pediremos un deseo: Acabar con el maltrato animal en el mundo, en nuestra Aldea Global. Espero que ni hoy n nunca tenga que leer otra vez en el periódico historias como la de Vali, el perro “sin sangre en la venas” que fue abandonado y estuvo dos meses sin comer; tampoco quiero volver a hojear titulares como este: “Investigado el dueño de tres galgos por  arrojarlos en un poso en Osuna”. Por supuesto que no quiero que Mexico se quede con los brazos cruzados frente a aquellos desalmados que gozan con las peleas de perros; y mucho menos, escuchar que existen protectoras de animales que matan masivamente a perros y gatos. Y tened cuidado porque, empleando las mismas palabras que  usó el filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, “quien es cruel con los animales, no puede ser buena persona”.

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