Próximo capítulo: Miami

El tiempo de vuelo para llegar a Miami es de 1 hora y 45 minutos, unos 1.783 kilómetros de distancia. No pensaba en abrir mi ordenador para escribir durante el viaje, pero lo he hecho. La altitud actual es de 37.000 pies y Matilda está tranquila en su transportín. Usualmente la tengo dando guerra encima de mis piernas, interponiéndose entre mí y mi lectura o entre mí y la película del día.

Tengo a due ragazzi di Venezia viajando a mi lado. Pero, a pesar de poder escribir esas cuatro palabras en italiano, mi conocimiento de la lengua vecina es lo suficientemente escaso como para poder entablar una conversación fluida. Creo que son pareja y sé que van a Miami a visitar a una amiga. El que comparte el reposa brazo conmigo me hizo reír mucho -mentalmente- cuando reportó a la aeromoza que su telefonillo (un tuvo de teléfono que se encuentra en el reverso del mando de la pantalla) no funcionaba y no podía llamar a su familia en medio del Atlántico. El wifi de pago ya existe en algunos vuelos, pero de ahí a contar con un servicio telefónico gratuito a bordo, el tano tendrá que esperar un poco más.

Del otro lado del pasillo, van sentadas dos chicas. Aparentan entre 16 y 18 años. Su padre las vigila desde el asiento trasero. Una lleva unas gafas graciosas y los ojos cubiertos por una sombra oscurísima. Entre las penumbras de la cabina, puedo afirmar que su maquillaje a sobrevivido. Ha estas horas del vuelo, yo seguro lo tendría hecho un desastre. Las dos niñas son rubias y hablan un idioma que no identifico. Tal vez ruso. La que va sentada cerca de la ventanilla no lleva nada en los ojos, pero se ha hecho una linda trenza para las nueve horas de vuelo. Muy bien por ellas. Yo me fui a la cama tan tarde anoche, luego de empacar, y me desperté tan temprano para ir al aeropuerto esta mañana que a penas dormí un par de horas. Estaba muerta de cansancio. Solo recuerdo haberme cepillado los dientes antes de ponerme este conjunto deportivo que llevo. Suelto y cómodo. Nada más. Si me peiné, fue por inercia.

Sentada aquí, esperando a que sirvan la merienda -o el desayuno, ya no sé- sigo pensando en lo interesante que me resulta reflexionar sobre las numerosas historias que se entrecruzan en un aeroplano. Pensar que cada una de estas personas tiene un libro de vida tan distinto al resto pero que sin embrago hoy, a la misma hora, todos teníamos algo en común. Hacer este viaje. Antes de despegar, mientras esperaba que el resto de los pasajeros tomaran su asiento, veía desfilar por el pasillo a cada persona y me imaginaba una historia para cada una. Algunas van de vacaciones o a celebrar Navidad, otras vuelan por negocios, algunas regresan de su visita a Europa u otro sitio más lejano, están los que hacen escala en Miami pero siguen hacia otro destino y estamos lo que dejamos atrás un capítulo de nuestras vidas para comenzar uno nuevo.

No recuerdo dónde leí esta frase, pero me gusta mucho: “Piensa tu vida como capítulos y no como un libro terminado”. Mi primer capítulo lo viví desde que nací hasta que terminé la escuela secundaria en el pueblo donde aún viven mis padres y el resto de mi familia. De hecho, iré a pasar la noche vieja y la primer semana del 2017 con ellos. Buenos Aires fue el escenario del segundo capítulo de mi historia y cada vez que lo repaso, recuerdo mis días de jazz y ballet en los estudios de danza de la ciudad porteña. Luego crucé por primera vez el océano Atlántico y la línea del Ecuador con destino a España. El capitulo tercero lo escribí en Sevilla; el quinto, algo más corto, en Marbella; y el sexto, en Madrid. Luego de cuatro años en la capital de la península ibérica, con mi grado en periodismo terminado, he decidido redactar el capítulo siguiente en los Estados Unidos. Todo cambio acarrea consigo inseguridades, cosas que no se saben y otras que si. Sé, por ejemplo, que me voy de España justo cuando la situación económica parece estar mejorando: el paro se reduce, los bancos vuelven a dar créditos y se activa el consumo. No fue hace mucho que vi las primeras grúas volviendo a trabajar. Y también sé que me mudo a un país donde el presidente electo siembra muchas incertidumbres. No sé infinitas cosas, pero lo importante es saber que como autora de mi propia vida, siempre puedo empezar un nuevo capítulo.

Otra cosa, ¡Feliz Navidad!

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“Mirar hacia adelante”, el consejo del piloto

“¡Buen día!”, empezaba diciendo el mensaje que el piloto Gustavo Encina publicó en su cuenta de Instagram un día antes de despegar el vuelo que lo llevó a él y a otras 70 personas a la muerte. “¿Hacia donde miras en tu vida? ¿Hacia atrás o hacia adelante?“, continuaba la nota. Encina era una persona creyente y aquél último mensaje invitaba a sus interlocutores a acercarse a Cristo: “Que el Señor te de la gracia de soltar las cosas, aún aquellas que consideras preciosas en esta vida y te permita mirar hacia adelante…”.

Soy una persona que proviene de una familia católica pero que en el período de mi autoconocimiento me acerque a la iglesia de los adventistas del séptimo día donde aprendí muchos hábitos saludables para cuidar la unidad cuerpo y alma, y también otras doctrinas que me parecían más humanas y efectivas que las celebraciones y procesiones de las que yo provenía. No obstante mis ganas de conocer más de la cuenta y de preguntarme por ciertas cuestiones que iban más allá de lo socialmente suficiente en mi pueblo, me inclinó por la filosofía. Ya no me conformaban las respuestas fáciles, ni dejar el rumbo de mi destino a la viento de la iglesia. Una profesora de ciencias me enseño a pensar. Más tarde me mudé del pueblo a la ciudad y de Sudamérica a Europa y desde entonces no paré de viajar. Visitar distintas comunidades y culturas del mundo me hizo acentuar más mi perspectiva crítica sobre los credos y amar más la diversidad. Conocí otros dioses, o quizás el mismo, pero con nombres y vestiduras distintas.

Aún así, entre sus diferencias había algo en común: eran buenos. Todos ellos eran fuente de esperanza, de misericordia y de consuelo. Allí entendí que no importa a qué dios nos dirigimos cuando miramos el cielo, lo que importa es que ese dios nos inspire a ser mejores personas y nos dé la fuerza que necesitemos para enfrentar esta vida que es corta y a veces, incluso, más corta de lo que proyectamos.

El piloto dejó escrito un valioso consejo antes de despegar su vuelo eterno. Si lo que acarreamos en nuestra vida es un peso que nos impide mirar hacia adelante, hay que dejarlo caer. Si caminamos nuestros caminos de espaldas, jalando de lo que hemos construido, es tiempo de soltarlo. Hoy es el momento de erguir nuevamente la columna, girar 180º y mirar hacia adelante. Como el pasado ni el futuro existen, hoy es el día para observar, para contemplar el horizonte y para redescubrirnos. Está permitido reinventarse. Es el momento de reescribir nuestra biografía y de trazar un camino distinto. Hoy es el día de dejar de ser los personajes del inexistente destino.

¿Cuántas veces hemos escuchado decir que hoy estamos y mañana no? ¿Cuántas veces nos preocupamos por lo que ocurrirá en diez años y nos olvidamos de atender el presente? Lo qué pasó, pasó, y lo que vendrá, vendrá. Es tan fácil decirlo y tan difícil llevarlo a cabo. Muchas veces somos muy obstinados. Existen obsesiones en la vida que, cual talentoso mago, hipnotizan. Nos cierran los ojos y manipulan a su antojo. Muchas veces deseamos tanto algo que nos olvidamos de lo que tenemos y a quienes tenemos. Nos concentramos desmedidamente en un supuesto destino  que, cual caballo con anteojera, no vemos otra cosa más que el sendero que marca el cochero.

Mi reflexión de hoy, gracias a las palabras de Gustavo Encina, es sobre lo valioso que es voltear y mirar hacia adelante sin esperar que eso a lo que llamamos destino nos lo indique. Cada uno de nosotros es el autor de su propia vida, y como creadores de cada uno de nuestros capítulos, podemos cambiar el curso de la historia cuando lo necesitemos. Es cierto que no existe nada del pasado que se pueda modificar, pero para eso tenemos el presente. ¡Aleluya!   La decisión la debemos tomar hoy, y no olvidemos que este presente será el pasado que detestaremos, o que amaremos, mañana.

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El Chapecoense subiendo al avión donde el piloto Gustavo Encina se desempeño como operador técnico del vuelo.